Entre la posesión y la calma: la poesía de Luis Enrique Martínez Carvajal

Los poemas de Tiempos de sequía (Colección Sur, 2012) están marcados por una ardua contemplación del entorno inmediato y por la necesidad de arrebatarle al paisaje toda la substancia posible. El recuerdo es el fósil que taladra y perdura en la mente del poeta; la búsqueda de la belleza, la persecución de una tarde a la que es imposible volver (y como tarde entiéndase cualquier espacio en el tiempo que ya jamás será tocado), y la latencia de una calma profunda, a veces pavorosa, a veces resultado de un acendramiento cuasi filosófico, son las ruecas que mueven este conjunto de 17 poemas que se nos revelan como el libro más significativo y valedero de Luis Enrique Martínez Carvajal (Chambas, Ciego de Ávila, 1977)[1]; sin que esto reste mérito a sus cuadernos anteriores, solo que los saltos cualitativos de un conjunto a otro, nos han revelado una voz en tránsito hacia la purificación de lo poético.

Luis EnriqueFeatured image es un poeta raro; si bien las más recientes voces se han caracterizado por las supercherías, los experimentalismos, y hasta la «guapería», o por el regodeo en una introspección del «yo» que apenas rebasa la consistencia del poema; estamos ahora en presencia de un poeta de profunda raigambre, bebedor del sustrato de la palabra, consciente del peso y de la responsabilidad que implica esa tontería perdonable, al decir de Nicanor Parra, que es escribir un poema.

El viaje de este libro comienza en un río (río en el que el hombre trastoca su cuerpo para ser corriente y cauce), y culmina junto al pedregal donde es más vergonzosa la existencia del amor. Agua y sed. Albor y silencio. Y entre el pedregal y el río duerme enraizado el árbol que requiere de tierra y agua para su viaje a la cumbre. Y he aquí una de las particularidades de este cuaderno y de la poesía de Luis: cada poema es como un árbol, libre de ramas al cielo, preso de raíz en tierra. Entre el río que se anuncia en el primer poema «Río-plegaria» y la aridez del poema final «Tiempos de sequía», del cual toma título el conjunto, se nos muestra toda una floresta donde árboles y arbustos, junquillos y frutos regalan su armonía a la incompatibilidad del hombre. Y en concordancia con el árbol la isla labra su destino de agua. He aquí lo quieto: Árbol/Isla/Poeta. Lo que siempre está en constante bullir: Agua/Río/Poesía. El temor a la sequía es por contraste el temor a la muerte del poeta en un mundo donde los valores tanto naturales como culturales están cada vez más desperdigados.

Entre el subterfugio y la caída transcurre la existencia humana, y la vida como más encumbrada posesión debe salvaguardarse a costa de cualquier inclemencia, bajeza o ignominia. «La vida nos quiere vivos y la muerte nos quiere muertos», tal pareciera decirnos, El cielo nunca dejará de esperarnos/ aunque seca esté la boca y fría el alma[2]. Cada poema en este cuaderno es una experiencia de vida, cada uno retrata un instante que es imposible no recordar, para el sujeto de estos versos es indispensable atrapar con palabras lo que ya nunca ha de volver, así fluye por el poemario todo un conjunto de seres y lugares que enarbolan su propia existencia: el anciano, el parque japonés, la tía Olga, la mesa octogonal. Vale darse cuenta que las cosas que ahora nos desgastan ya pudieron agitarse en múltiples memorias; si Borges se queja diciendo que esas cosas nunca sabrán de nuestra ausencia[3], o Eliseo Diego las nombra para poder llamarlas de pronto con el alba[4], Luis desde su libro precedente nos anuncia: Es más plena la tarde si no posees nada/ tan solo el privilegio de vivir/ y respirar ese aliento profundo de las cosas/ ahítas o trémulas en su inocencia.[5]

La poesía de Luis parte desde la contemplación y cala en la niebla del descaso, en la quietud del sujeto, en la mansedumbre de alma. El hombre lleva en sí su propia complacencia, es redentor de su paz, único camino al goce de estar vivo. Si bien León Felipe convidaba a huir del “mundanal ruido”[6], en la prosa «Al otro lado de la realidad» el poeta se detiene bajo un algarrobo mientras juegan los niños de su pueblo, y el continuo gotear de lo cotidiano nos llena de frescura y calma a pesar de que una honda tristeza brota en el final del texto: El sol le devuelve a la tarde sus colores y los niños siguen jugando bajo aquel algarrobo, sin comprender que mientras ellos sonríen, alguien mira hacia el mundo con una tumba en el pecho.[7] La paz y la calma del poeta están en saber mirar las cosas, en la dulce admiración. Llévate tú mis ojos a las albas/ los ojos con que amé tendido junto al mégano/ los ojos que han copiado la forma de todo lo que existe[8].

No puedo terminar sin pensar que algo se me escapa, quizás lo mismo sentía Luis cuando escribía estos versos, pues si algo me sobrecoge al leerlos es la sensación de que esa tarde a la que no podemos volver como si fuera una ciudad, esa tarde única, hija del recuerdo, nos aletargará siempre, como si el hombre no pudiera ya vivir sin su pasado, y el recuerdo fuera solo materia estéril, camino a la resignación. Tiempos de sequía, más allá de su título áspero es un libro esperanzador, un libro pausado y firme donde ansia y madurez se entrelazan en el afán de alcanzar lo pleno.

[1] Ya el poeta había publicado dos cuadernos por la Editorial Ávila: Trazos en sepia (2006) y Casa de oración (2011), este último ganador del Premio Poesía de Primavera en 2010.

[2] Luis Enrique Martínez Carvajal: Tiempos de sequía, Colección Sur, 2012, p. 25

[3] Durarán más allá de nuestro olvido;/ no sabrán nunca que nos hemos ido. Jorge Luis Borges: Antología poética 1923-1977, Alianza Editorial, 1981, p. 98.

[4] Eliseo Diego: Poesía y prosa selectas, Biblioteca Ayacucho, 1991, p. 10.

[5] Luis Enrique Martínez Carvajal: Casa de oración, Editorial Ávila, 2011, p. 19

[6] ¡Que descansada vida/ la del que huye el mundanal ruido/ y sigue la escondida/ senda por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido […]. Fray Luis de León: Poesía, Editorial Arte y Literatura, 1981, p. 43.  

[7] Luis Enrique Martínez Carvajal: Tiempos de sequía, Colección Sur, 2012, p. 19

[8] Luis Enrique Martínez Carvajal: Tiempos de sequía, Colección Sur, 2012, p. 10

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2 comentarios en “Entre la posesión y la calma: la poesía de Luis Enrique Martínez Carvajal

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