El aeronauta amarillo

Lectura ardua y detenida exigen al lector los poemas que Herbert Toranzo (Ciego de Ávila, 1972) nos ha dispuesto en su más reciente poemario El aeroplano amarillo (Ediciones Capiro, 2013). Si bien este cuaderno nos aparece presentado bajo el rótulo de décima, el lector constatará, apenas iniciada la lectura, las variadas experimentaciones métricas empleadas por Herbert en pos de un ritmo y una musicalidad muy distantes a los que se pueden apreciar en la décima común.

Son muy variados los referentes a los que remite este cuaderno: literarios: Apollinaire, Oscar Wilde, Allen Ginsberg; históricos: Napoleón, Confucio, Martin Luther King; musicales: The Who, Bob Dylan, Janis Joplin; lo cual provoca que la lectura resulte un diálogo de interacciones y coqueterías para unos, y un despliegue de sabidurías y aprendizajes para otros menos relacionados con dichos referentes.

La década del 60 recibe un peculiar abordaje en estos poemas, singularmente el controvertido movimiento hippie que tanto ha trascendido desde su apogeo hasta nuestros días, al punto de que algunos eruditos han llegado a cuestionarse si el siglo XX fue el siglo del Comunismo y la Revolución de Octubre, o el siglo del Movimiento Hippie y la Revolución Sexual.

A partir de su mismo título el libro establece un diálogo certero con uno de los íconos más publicitados de la mencionada década: The Beatles, y ese tema antológico que es «Yellow Submarine»; desde esta primera lectura ya entendemos ese afán de plantarse en la orilla opuesta, aunque sin teFeatured imagemor a parecerse: de alguna manera los opuestos forman una sola esencia: […] gírame el tiempo a babor y el alma en contra del viento. ¿Qué más da si lo que ahuyento no me insufla, no me irriga?[1]

Si tenemos en cuenta, al decir de Roberto Manzano, que todo poema no es más que un expediente de dolor, el lector entonces percibirá que los poemas que integran El aeroplano amarillo tal parecen haber sido escritos desde la perdida del miedo al sufrimiento humano, pero no por indiferencia al dolor, sino por reconocerle ya todos sus rostros, por tener el corazón afilado, a prueba de espantos; tanto que se hace manifiesta una sobrevivencia desde la no extrañeza, desde el no desconcierto, pues cuando todo es caos el caos de alguna manera se transfigura en orden. El poeta no le teme a Dios, porque justo está al lado de Dios y es causa y justificante de todas sus decisiones y de todos sus desmanes. La ironía es entonces la principal excusa, la barricada abierta a cualquier asomo de sentimentalismo o llanto: La voz canta: «Aquí descansa el mediocre salvador de la Humanidad. Qué honor acompañarlo en la fosa.»[2]

Si bien la poesía de Herbert puede ser definida como caótica o esquizofrénica[3], yo diría que más bien responde a una meditación sumamente contemporánea desde la idea de que cada escritura no es más que una reescritura, y que a la larga cada texto es solo un palimpsesto en el que todas las generaciones van agregando alguna que otra pincelada; sus poemas responden a la necesidad de replantearse los códigos escriturales y por ende los códigos de interpretación.

No falta en estos poemas el elemento lúdico, que bien es una de las principales características de la poesía de Herbert, pues constantemente subsiste un parlamento en el cual el lector queda incorporado y se transforma en parte y participante de la propia creación, y de esta forma los referentes antes mencionados: literarios, mitológicos, musicales, cinematográficos, etc., forman parte de una especie de pase de lista o examen de inconsciencia.

Por último me gustaría resaltar al libro como objeto, pues la buena imagen y calidad del diseño de seguro provocará en los futuros lectores el ansia de llevar este aeroplano a sus manos, para así emprender ese riesgoso vuelo que es toda lectura, ojalá muchos lo emprendan y lleguen así al destino que Herbert nos ha dispuesto; del cual, a mi entender, ya no hay retorno: leer un buen libro es subir un escalón del que ya nadie jamás podrá bajarnos.

[1] Herbert Toranzo: El aeroplano amarillo, Editorial Capiro, 2013, p. 16-17

[2] Herbert Toranzo: El aeroplano amarillo, Editorial Capiro, 2013, p. 13

[3] Ahora me detengo a pensar en el amarillo y su relación directa con la locura, Van Gogh y sus obsesiones dejan muestra de ello en más de un centenar de lienzos, Juan Ramón Jiménez embadurnó de amarillo gran parte de su producción poética, y de sobra está decir que ambos estaban locos de remate; creo que aquí hay más tela por donde cortar, lo cual podría justificarse en otro texto.

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