Juegos de infancia. La poesía de Osmel Almaguer y la deconstrucción del poeta

¿Qué es la infancia? ¿Cuánto puede acaparar en el devenir de los hombres? ¿Ese lapso en el que todo y nada se percibe puede ciertamente definirlos? ¿Es realmente un paraíso del que se está expatriado para siempre?

Estas preguntas me asaltaron cuando terminé la lectura de La Pendiente (Ediciones Ávila, 2014), de Osmel Almaguer (La Habana, 1979); poemario ganador de la XVII edición del Premio Poesía de Primavera, y que apenas comienza a circular por las librerías del país.

Resulta extremadamente difícil que un escritor no pose su mirada sobre ese intervalo medular que resulta ser la infancia. Y muchos de estos concuerdan con que de ahí parten todos los misterios que finalmente conllevan a dedicarse a la escritura. No obstante me despierta la atención que Osmel Almaguer debute en las letras con un libro donde la niñez es protagonista, donde es todo y es parte, unidad y partícula.

Si bien las más recientes hornadas de poetas cubanos no han obviado el caudal poético que puede generar la infancia[1] (reminiscencias del pasado, ansia de lo nunca sabido, ajustes de cuentas con lo que fue y no es —o con lo que nunca fue, simplemente—, incomprensión de las acciones de los adultos, traumas, alumbramientos, etc.); Osmel incorpora a través de este libro un discurso de la resignación y el acatamiento: Mi horizonte es un paisaje de permanencia.[2] Un libro donde se percibe el horror del entorno, pero que rehúye a la perplejidad.

Una vez iniciada la lectura el autor nos instala de golpe en el espacio físico: La Pendiente: sitio cuyas tierras están erosionadas por las lluvias, erial que ya de nada provee a sus pobladores, suelo que se vuelve inhóspito como la vida de los personajes que pueblan estas páginas.

Y desde este espacio físico el lector es lanzado a ese espacio metafórico que es vivir en el declive, que es balancearse día a día en la subida y la escarpada; en el desplome y el alud. La cuesta abre un abanico de interpretaciones a propósito de la ascendencia o descendencia que puede implicar la existencia y su deceso. ¿Se asciende al cielo, o se baja al averno?

Tres secciones dividen el libro; la primera: «Los juguetes que mi madre compraba», está marcada por el entorno familiar. Padre y madre, abuelo y abuela, vienen a conformar una dramaturgia sumamente escénica; estos poemas representan los años del más señero aprendizaje, las primeras lecciones, diálogos y sentencias que luego van ahondándose con el devenir de los aFeatured imageños. Comiénzase a subir “la pendiente”, o a bajarse. Se denota cierta masculinidad, el padre y el abuelo adquieren más connotación; por su parte las figuras femeninas se mencionan, pero tal parece como si quisieran obviarse.

Me gustaría detenerme en dos poemas de esta sección; el primero, titulado “C-4”, nos cuenta de esos juguetes, reales forjadores de carácter[3], que la madre compraba y que yacen desarmados por el patio. El poema no dice mucho más, pero cierra con una oración en la que el sujeto apunta: A veces mi cabeza duele tanto…[4]; y es acá donde se produce la vuelta de tuerca y sale a relucir el ingrediente dramático que antes mencionaba, y que se repite en otros poemas de la sección. No quiero decir más, creo que todo queda sugerido. El otro, “Primer dibujo”, es un poema visual (el único del libro), y nos muestra un dibujo infantil: dos casas, dos personas, el sol, y una bandera sobre el suelo inclinado: “la pendiente”. Todo bien hasta aquí; pero el dibujo posee dos figuras estremecedoras: el sol es una araña inmensa, cerniéndose sobre el paisaje, y la otra, son dos montones de presuntos cadáveres que yacen bajo la superficie de la pendiente. Primer dibujo y cadáveres. Podría alguien imaginarse más perturbación. Después de este poema cambia la lectura y la percepción del libro, el lector entiende que este es un libro de la desinocencia, o de la inocencia perdida a deshora.[5]

La segunda sección, «La barba de mi vecino», está marcada por lo exterior. Si en la primera sección los poemas giraban, en gran medida, alrededor del espacio interior de la familia; estos se vuelcan hacia la convivencia con los demás, hacia la lucha por la supervivencia, por dejar cada cual su huella en el entorno que le rodea. El vecino viene a ocupar el espacio del «otro», el otro necesario y a la vez odiado, temido. Es la hostilidad la marca más perceptible en este segundo tramo de La pendiente.

Ahora me detengo en el poema “Desnivel”. Acá el sujeto nos cuenta de la vecina coja, a la que, al caminar, se le disloca un ojo y crea así un nuevo estado de equilibrio. Otra vez una vuelta de tuerca, pues el poema cierra con la siguiente oración: Fue mi preferida y no lo supo.[6] Se establece así un dialogo con los márgenes, el sujeto prefiere lo que escapa al canon de belleza, a la vez que se establece un diálogo oculto, porque ¿qué existe más allá de las deformidades de la vecina, como para ser deseada? Tal parece, y es lo que entiendo, que es apetecida justamente por ello: por su pierna más corta y su ojo dislocado. Morbo.

La tercera sección, «Signados por la araña», es la más rara. En ella Almaguer, no solo rehúye a titular algunos poemas, sino que, por vez primera, abandona la prosa para utilizar el verso, lo cual ya le da a este espacio un carácter de diferencia. En esta sección la temática parece ser explicita: el miedo; y la araña como ente personificador de todo lo temido (ahora entendemos mejor el sol arácnido del dibujo). El poema “Signados por la araña”, delata este temor como un temor colectivo: Si algo teníamos en común, era aquella amenaza. Y una vez disipada, cada cual retornaba a sus deberes (hacia el contrario).[7] Pero también denota las diferencias y las tensiones del ámbito familiar. Creo que este debió ser el último poema del cuaderno, pero Osmel se extendió un tanto más, innecesariamente, en poemas que no aportan mucho[8].

Hay también acá unos versos que denuncian la intención escritural del libro: Ceder ante el impulso de palabras —por confesar—, aunque para ello sea necesario deconstruirme.[9] Está de más acotar. Todo queda dicho. Lo revelado a veces puede abrasarnos la lengua.

No quiero concluir sin resaltar que en estos textos prima la palabra justa, el decir parco; el celo, y hasta el temor, a excederse, como si el poeta temiera más a pasarse que a no llegar. El lector se enfrentará a un libro minimalista por excelencia; pero que a la vez resulta desnudo y transitable. Manso.

Tras la lectura brota un atisbo de sustancia filosófica; pero no de la filosofía erudita, sino de esa filosofía cotidiana que intenta apresar los sucesos, ese afán por entender los ademanes, los gestos, el decursar de los otros, por entender el pasado y las señas que constantemente está enviando hacia el presente; y sobre todo esa necesidad de testimoniar lo vivido aunque nos vayamos fragmentando lentamente, o al decir de Osmel: deconstruyéndonos.

[1] Constancia de ello se puede encontrar en los libros La Maestranza (Ediciones Unión, 2013) y Las posesiones (Ed. Letras Cubanas, 2009), de Oscar Cruz; Anémonas (Ed. Sed de Belleza, 2013) de Jamila Medina; La flauta del solitario (Ediciones Holguín, 2013) de Eliécer Almaguer; Tregua Fecunda (Ediciones Unión, 2013) de Legna Rodríguez; Esteros (Editorial Abril, 2013), de Yanier H. Palao.

[2] Osmel Almaguer: La pendiente, Editorial Ávila, 2014, p. 12

[3] Osmel Almaguer: La pendiente, Editorial Ávila, 2014, p. 15

[4] Osmel Almaguer: La pendiente, Editorial Ávila, 2014, p. 15

[5] Creo que este poema es una de las pinceladas más sutiles del libro, y el hecho de que sea un poema visual tiene su connotación sobre ello. Estoy convencido de que si Almaguer hubiese usado la palabra para sugerir las tribulaciones de este poema, habría atentado contra la organicidad del conjunto; debido en gran medida a la parquedad de la forma, algo a lo que me referiré levemente más adelante.

[6] Osmel Almaguer: La pendiente, Editorial Ávila, 2014, p. 34

[7] Osmel Almaguer: La pendiente, Editorial Ávila, 2014, p. 49

[8] O al menos no en esta ubicación.

[9] Osmel Almaguer: La pendiente, Editorial Ávila, 2014, p. 46

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