Las monedas

Se pasean entre mis manos.
Entre mis manos que llevan el afán
inerteFeatured image
del comprador.

(Desposeídas como los transeúntes lerdos,
calladas como la ausencia.
Instante ínfimo y vacío).

Pobres monedas
que de inciertas manos llegan a las mías,
que encierran un pasado de lentitud o fatiga.

¿Hacia qué reino del azar va
esta moneda en mi mano,
ahora que el vendedor y yo
intercambiamos palabras cómplices?

Lectura y desnudez

Siempre he sentido que detrás del placer de los libros —acariciar y mirar con detenimiento una cubierta, hojearlo y a la vez permitir que las hojas recorran lentamente el pulgar, olerlo, sopesarlo, y por supuesto leerlo— late un poderoso deseo sexual. Hay libros que me excitan profundamente. Libros que apenas los descubro cerca de mi vista, o de mi roce, ya comienzan a provocarme. Algunos lo logran incluso antes de ser leídos; otros ganan este don cuando ya han sido desandados de un extremo a otro, cuando ya se les ha desvestido hasta el punto de hacerles perder su significado, no porque carezcan de peso o constancia, sino por ese juego de infantes que consiste en repetir una palabra hasta deformarla.

No imagino cómo será sobrellevar una vida sin libros. De pequeño estuve siempre tentado por esa presencia callada del libro en el estante. Visitar la librería me revelaba un extraño placer, un misterio que por mucho tiempo no logré descifrar. Seguir leyendo

Ómnibus

Cuando ya está a diez metros respiras aliviado. Los asientos vacíos te devuelven el alma al cuerpo. Podrás descansar en el trayecto que te lleva a la ciudad, caer en la somnolencia de los ómnibus que tanto te entristece. Eres el primero en la cola, el primero en pagar mientras adviertes cierta mirada en el conductor. Estás turbado, mas no es el momento. Detrás de ti, como fieras, se deshacen por alcanzar los sucios pedazos de plástico. Le pides permiso a un señor con cara de vendedor bohemio, para sentarte al Featured imagelado de la ventanilla. Delante, un muchacho bien vestido resiste la perorata de un negro borracho, que, ahora lo adviertes, tiene el cráneo hundido en el mismo centro, donde una asquerosa cicatriz lucha aún por cerrar. Eso te impresiona; sigues los torpes movimientos de la cabeza que semeja una boya golpeada, y quedas atónito al ver cómo aquel hoyo se remueve al compás de sus agitadas respiraciones. Sientes miedo de que se voltee y te sorprenda mirando su mollera como un estudiante de neurología, retiras los ojos y piensas cómo pudo sucederle algo así: un accidente quizás, un golpazo en una riña, un tropezón desde sus propios pies. Pegas el rostro al cristal, cierras los ojos y te duermes ligeramente cuando ya el ómnibus comienza a tomar velocidad. Seguir leyendo

Versos de inmortalidad

Labios, mordiscos, prontitud sajada,
venablo que acorrala al cervatillo,Featured image
temblor del alma en la irrupción, rastrillo
que va desde tu cuello a tu quijada.

Espasmos de caderas calcinadas,
entrechocar de dientes y colmillos,
armazón que se acopla, cual rodillos
fecundos de metal, en tus quebradas.

Gemidos, ojo estrábico en la noche,
senos voraces de saliva y tacto,
espalda inquieta que de pronto cede;

luego clímax, calambres, luz, derroche.
Soy nuevamente Adán y rompo el pacto:
relamo el fruto que tu amor concede.

Después de ver Katyn de Andrzej Wajda

¿Qué trayectoriaFeatured image tomará la bala
que anida en nuestras cabezas?
No he visto morir a nadie,
pero igual siento miedo
por todos los que han muerto.
Dolor por todos los que cavaron su fosa.
¿Cómo empuñar un arma sabiendo
de la muerte y sus tropiezos?
¿Cómo halar el gatillo,
cómo blandir la daga
en su ademán de muerte?
¿Hacia dónde irá la bala
que anida en las cabezas,
en el envés de los ojos?

El arte de perder la juventud

Comoquiera que ya se acerca otro cumpleaños —otro de esos días fatídicos en los que todos a tu alrededor esperan que estés sumamente contento, cuando en verdad lo más conveniente sería sacar un pañuelo y llorar por ese tiempo pasado que supuestamente fue mejor— no puedo despegarme de la sensación de que mis mejores tiempos están pasando; y de que pudieran ser estos, para mí, los días de gloria que rememora Pablo Milanés en una de sus más tiernas canciones: Los días de gloria se fueron volando y yo no me di cuenta.

De eso se trata, de que el tiempo, con su brumosa relatividad, a veces nos lleva a descreer de los años que han pasado; de pronto nos hayamos, no ya perdidos en algún punto indescifrable de la historia, sino estupefactos de nuestra carencia de artimañas para vivir, para aprehender y aprovechar el banquete que cada día ofrece. Creo que sobra esto debió razonar Horacio cuando acuñó ese Carpe diem que hasta hoy se nos muestra como una forma prudente de vida. Atrapar el día. Despedazar el minuto.

Si bien a uno como creador le asaltan las dudas a propósito de cuánto tiempo debe emplearse para el sacerdocio hábito de la escritura Seguir leyendo