El arte de perder la juventud

Comoquiera que ya se acerca otro cumpleaños —otro de esos días fatídicos en los que todos a tu alrededor esperan que estés sumamente contento, cuando en verdad lo más conveniente sería sacar un pañuelo y llorar por ese tiempo pasado que supuestamente fue mejor— no puedo despegarme de la sensación de que mis mejores tiempos están pasando; y de que pudieran ser estos, para mí, los días de gloria que rememora Pablo Milanés en una de sus más tiernas canciones: Los días de gloria se fueron volando y yo no me di cuenta.

De eso se trata, de que el tiempo, con su brumosa relatividad, a veces nos lleva a descreer de los años que han pasado; de pronto nos hayamos, no ya perdidos en algún punto indescifrable de la historia, sino estupefactos de nuestra carencia de artimañas para vivir, para aprehender y aprovechar el banquete que cada día ofrece. Creo que sobra esto debió razonar Horacio cuando acuñó ese Carpe diem que hasta hoy se nos muestra como una forma prudente de vida. Atrapar el día. Despedazar el minuto.

Si bien a uno como creador le asaltan las dudas a propósito de cuánto tiempo debe emplearse para el sacerdocio hábito de la escritura —pues también como persona con cinco sentidos, como casi todos los humanos, siento a diario el grito salvaje de la experiencia, ese llamado ancestral que me hace sentir extremadamente vivo—; vale preguntarse si es la escritura una forma de vida, o es un desgaste de la vida propia en pos de batallar por un afán a veces personal, a veces colectivo. Cualquiera puede decir que sí, que el arte es una forma de vida; pero yo opino lo contrario: creo que el arte es una manera de estar muerto, es poner la vida al servicio de una ansiedad, de una búsqueda constante de nada. Es vivir para ese tiempo futuro que, si algo nos tiene desde ya previsto, es la muerte.

Sin embargo, paradójicamente, es gracias a la muerte  que el artista crea, gracias a la finitud. Saber que habrá un mañana sin nosotros empuja a dejar, a emborronar cuartillas, mojar lienzos. Vamos a estar claros: con inmortalidad no hubiera arte.

¿Diferencias para un artista entre estar vivo o muerto? Muchas. Primero, que comienzas a ser tomado como tal; mientras, no eres más que un loco o un alucinado, o un excéntrico. Segundo, dejas de ser un estorbo para comenzar a ser, no solo un artista, sino, un gran artista, digno de bombo y platillo, de reconocimiento y homenaje. Así comienzan a llenarse las programaciones de las Casas de Cultura (es risible que se llamen así). Ah, también hay que destacar que los cuadros triplican su precio, que los eFeatured imageditores pueden hacer todo cuanto quieran con los libros de esos escritores que en vida no permitieron que les cambiaran ni una coma, y que los músicos dejan de dar giras y conciertos, lo cual significa una terrible desgracia para luminotécnicos, sonidistas y productores.

Hacia la noche vamos, decía Vicente Gerbasi haciéndonos saber una verdad imperecedera, un final anticipado por un trayecto arduo: el trayecto de existir, que comienza en la inconsciencia y para algunos, a los cuales se les cree dichosos, termina también en la inconsciencia. Tal pareciera que para venir al mundo fuera necesario venir a ciegas, y que luego de estar en él, como se sabe que el humano sobretodo es un ser obstinado, pues otra vez se le nubla su mente, para que nunca sepa que ya tiene las maletas hechas.

¿Quién quiere llegar a la vejez? ¿Quién quiere abandonar la juventud, el vigor? Sé que las respuestas son obvias. Nadie asume a cabalidad lo que a la larga resulta irremediable. ¿Cómo pactar con ello? Es algo para lo cual ahora mismo no tengo respuesta. Tal vez la tenga cuando ya no la necesite; digo, si es que me toca la desdicha de envejecer.

Ahora que abandono los 27 años me asalta tremendo desasosiego. El 27 no solo es un número altivo, paladeable al ser pronunciado, sino también referencia directa hacia Jim Morrison, Amy Winehouse, Kurt Cobain & Co. Un poco fatídica la referencia, ¡pero bueno!, ¿qué se le va a hacer? No me queda más remedio que comenzar a pensar en los 28, en Heath Ledger y en Alan-Fournier.

Y también se trata, ya que comenzamos hablando de esos días de gloria que abrían esperas y cerraban ventanas, de que la felicidad es algo que se recuerda; por ello creo que no me queda otra que ir dejando de ser joven de la manera más intranquila y glotona posible, pues realmente no creo que al final haya alguien esperándonos para pasarnos factura. Estoy seguro de que no seré yo quien pague la cuenta.

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