Ómnibus

Cuando ya está a diez metros respiras aliviado. Los asientos vacíos te devuelven el alma al cuerpo. Podrás descansar en el trayecto que te lleva a la ciudad, caer en la somnolencia de los ómnibus que tanto te entristece. Eres el primero en la cola, el primero en pagar mientras adviertes cierta mirada en el conductor. Estás turbado, mas no es el momento. Detrás de ti, como fieras, se deshacen por alcanzar los sucios pedazos de plástico. Le pides permiso a un señor con cara de vendedor bohemio, para sentarte al Featured imagelado de la ventanilla. Delante, un muchacho bien vestido resiste la perorata de un negro borracho, que, ahora lo adviertes, tiene el cráneo hundido en el mismo centro, donde una asquerosa cicatriz lucha aún por cerrar. Eso te impresiona; sigues los torpes movimientos de la cabeza que semeja una boya golpeada, y quedas atónito al ver cómo aquel hoyo se remueve al compás de sus agitadas respiraciones. Sientes miedo de que se voltee y te sorprenda mirando su mollera como un estudiante de neurología, retiras los ojos y piensas cómo pudo sucederle algo así: un accidente quizás, un golpazo en una riña, un tropezón desde sus propios pies. Pegas el rostro al cristal, cierras los ojos y te duermes ligeramente cuando ya el ómnibus comienza a tomar velocidad. Te despiertas de súbito. Quizás estaba recostado a la ventanilla de un ómnibus cualquiera cuando le sucedió eso, piensas. Es una premonición, lo sabes, ya otras veces te ha ocurrido así, el ómnibus va a chocar, habrá varios muertos, mas no te encontrarás entre ellos, sino que quedarás con el cráneo aplastado igual al negro, que ya agarra al muchacho por los hombros y lo sacude como si fuera su mejor amigo. Desde atrás escuchas el rugido de un camión. Tu cuerpo se eriza esperando el impacto. No ocurre nada. Pero estás temblando inevitablemente; y es ahora cuando ves venir la rastra inmensa cargada de combustible —como en las películas—, o de boniatos —como en la vida real—, y saltas de tu asiento para detenerte detrás del conductor. Quieres gritar, ponerlos a todos sobre aviso, pero temes al ridículo; por eso cuando la rastra se acerca sólo atinas a agarrarte con fuerza y cerrar los ojos. Tampoco ocurre nada. Respiras, aunque no aliviado; sólo lo harás cuando tengas los pies en el asfalto, te dices y ves cómo las luces de la circunvalación se acercan. Por eso ahora desciendes en la primera parada; no vas a quedarte para cuando el conductor pierda el timón y el ómnibus choque contra un poste. No te importa caminar hasta el otro extremo de la ciudad; son apenas tres kilómetros, y al menos estás seguro sobre tus piernas. Ves el ómnibus diluirse. Al fin le juegas una trastada al cabrón destino, piensas e imaginas cómo un jeep se adelanta en cualquier esquina, o un tren fantasmal lo impacta en el crucero. Ahora caminas lentamente, sin apuro, cuando la luz de las bombillas se desvanece ante tus ojos. En la oscuridad percibes las rojas luces traseras por última vez. Luego, como algo inesperado, sientes el tropel de los pasos, las voces rudas y provocativas, el golpe en la cabeza.

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