Lectura y desnudez

Siempre he sentido que detrás del placer de los libros —acariciar y mirar con detenimiento una cubierta, hojearlo y a la vez permitir que las hojas recorran lentamente el pulgar, olerlo, sopesarlo, y por supuesto leerlo— late un poderoso deseo sexual. Hay libros que me excitan profundamente. Libros que apenas los descubro cerca de mi vista, o de mi roce, ya comienzan a provocarme. Algunos lo logran incluso antes de ser leídos; otros ganan este don cuando ya han sido desandados de un extremo a otro, cuando ya se les ha desvestido hasta el punto de hacerles perder su significado, no porque carezcan de peso o constancia, sino por ese juego de infantes que consiste en repetir una palabra hasta deformarla.

No imagino cómo será sobrellevar una vida sin libros. De pequeño estuve siempre tentado por esa presencia callada del libro en el estante. Visitar la librería me revelaba un extraño placer, un misterio que por mucho tiempo no logré descifrar. Solo lo comprendí cuando me consideré incapacitado para no comenzar a leer un libro después de terminado otro. Luego sobrevino un tiempo en el que el libro que pensaba leer no me dejaba disfrutar tranquilamente el que estaba en mis manos. Y ahora me ocurre que leo siete u ocho libros a la vez, que tomo uno y suelto otro indistintamente; o sea, que mis lecturas se han convertido en un caos sin lógica ni fin. En un andar y desandar por todos los caminos y ninguno.

Creo que solo las mujeres pueden provocar en mí un deseo —un desquiciamiento— semejante, o viceversa; pero bueno, el libro es la idea principal de este texto, o tal vez sea solo un pre(texto) para hablar de lo mismo.

A pesar de que el libro sea masculino a mí se me antoja hembra. Lo digo por la docilidad y la prestancia, por la entrega y la complementación, porque se abre y se cierra, porque me atenaza y me sacia. Sé que otros lo considerarán muy remacho, pero, hasta el momento, es algo que me queda bastante claro.

Recientemente leyendo información a propósito de los bajos índices de lectura en Mexico y España encontré un par de trabajos que hablaban de algo que me pareció espectacular, pero a la vez loco y cuestionable: ¡Lectura al desnudo! Resulta que en Nueva York un grupo de mujeres han decidido desnudarse para leer en sitios tan populares como Central Park, con la presumida idea de fomentar el hábito por la lectura. De menos está decir que el paisaje es fascinFeatured imageante, ver a una muchacha desnuda con un libro en sus manos es una imagen paradisíaca. Pero mi pregunta estriba en hasta qué punto fomentan la lectura y hasta qué punto el exhibicionismo, hasta qué nivel la persona que se acerca a estas maravillosas lectoras será un futuro lector de novelas o de revistas Playboy.

Por otra parte en España el crítico Pablo Chul ha decidido abrirse una cuenta en Instagram para promover libros. ¿Cuál es su ardid? El mismo que el de las chicas neoyorquinas: ¡Lectura en pelotas! Acompañado de sus libros predilectos Pablo Chul posa escaso de ropa para que sus seguidores se interesen por las novelonas de Benito Pérez Galdós y Henry James.

¿Qué diré? Pues que no veo nada de malo en que la sociedad se desnude y que todo el que quiera mostrarse en cueros busque su espacio predilecto para hacerlo; pero sí me resulta alarmante que ya los instigadores de la lectura no encuentren métodos viables para lograr que en esta sociedad informatizada —y enajenada— las personas se detengan ante un lomo, una solapa o una cubierta. Las librerías parecen destinadas a permanecer vacías.

Tal vez esta era de celulares, tabletas, y arte contemporáneo, no sea más que una de las partes bajas de esa espiral en la que supuestamente asciende la historia de la humanidad. Tal vez estemos entrando en un nuevo Medioevo en el que las personas se distancian teniéndose al alcance de la mano. De ser así, ojalá no demore en llegar un Renacimiento que nos salve de la tontería colectiva.

Mientras esto sucede yo pienso en cómo ponerle orden a mis lecturas, y me preparo planes de relecturas que no cumplo. Pero todos los días pienso en comenzar a escribir una novela, en ponerle fin a algunas situaciones extrañas, incluso pienso en adelgazar, hacer dieta, correr por las tardes, etc.

No obstante, para si a alguien se le ocurre, acá van diez libros que bien valdría la pena leerse en cueros. En estos días, como el calor ha atacado con todas sus fuerzas, confieso que a mí no me ha quedado otro remedio. Pero bueno, para no salirme del tema, aquí van los libros: El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence; Lolita, de Vladimir Nabokov; El gran arte, de Rubem Fonseca; Madame Bovary, de Gustave Flaubert; La Casa Verde, de Mario Vargas Llosa; Expiación de Ian McEwan; Esperando a los bárbaros; de J. M. Coetzee; Cuerpos divinos, de Guillermo Cabrera Infante; Seda, de Alessandro Baricco; y Rabos de lagartija, de Juan Marsé. Podrían ser otros diez, pero por ahora les recomiendo estos.

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