El arte de morir de la poesía

Nadie espera tanto como el que no tiene esperanza. 
Javier Marías

Fue al poeta y maestro Roberto Manzano a quien le escuche decir una vez que el poeta es el único individuo que sabe que tiene la apuesta perdida de antemano y, no obstante a ello, lanza los dados. Me resulta evidente que con esas palabras Manzano dejaba expuesto el espíritu de la poesía. Digo la poesía por sí sola, ese algo que viene y va, anda y desanda, sin que nadie pueda encasillarlo ni ponerle nombre o desentrañarle razón.

—¿Qué puede esperar un poeta de la poesía? —Seguía disertando el maestro— ¿Reconocimiento? Son muy pocos los que conocen a los poetas. ¿Dinero? Es ínfimo todo el dinero que pueda dar la tal llamada poesía. ¿Inmortalidad? Menos; todo poeta sabe, incluso más que los científicos, que el mundo es finito y que, por mucho que perviva, el verso algún día tendrá que toparse con su final.

No obstante el poeta, pese a todo, escribe; el genuino, el cabal (al que todos creen loco), el que ya perdió toda esperanza y por ello espera más que ninguno.

Mi intención de escribir estas palabras existe por una pregunta que hace unos meses me hiciera un periodista y que me vi obligado a responder a la ligera. La pregunta fue, y es, porque aún no se me escapa de la mente, ¿cómo se vive de la poesía?

En aquel entonces respondí: «No se vive de la poesía, porque sería ultrajarla. Tal vez se pueda tratar de vivir de la mala narrativa, del guion cinematográfico, del panfleto; pero como decía el apóstol [José Martí] la poesía es sagrada. El acto de ser poeta, es un acto de búsqueda, de inquietud, una total insatisfacción con la realidad que te rodea, y eso no tiene precio.»

Tal vez, si el alimento espiritual fuera suficiente para subsistir, podríamos intentarlo; pero la vida cada vez se vuelve más frígida, más práctica y veloz; cada vez hay menos espacio para la disgregación que es el elemento primario de toda obra de arte.

Existen los que llamanFeatured image a la poesía oficio; y creo que si de algo está distante la doña es de serlo. Primero, porque afortunadamente la poesía goza de poco respaldo mercantil, y segundo, porque la entrega del poeta hacia el poema, hacia la belleza plena de la existencia, parte desde una urgencia espiritual, jamás lucrativa. Parafraseando al poeta venezolano Celso Medina, el poeta es ese individuo borracho de cordura al que no le queda más remedio que luchar diariamente contra «las sombras que sepultan la esencia del ser».

Lo cierto es que en pocas parcelas de la vida hay tanto lugar para el contrario como en un poema. La poesía es una plaza para la verdad y para el fingimiento. El buen poema siempre lleva en sí las dos caras de la moneda. Todo enunciado encierra su reverso. Y ahora mismo sé que mi carne está en el azadón.

No es cuestión de que unos vates logren o adquieran un pago justo por sus versos (aun cuando estos puedan ser atroces), o de que otros se mueran de olvido y de hambre (haciendo buena poesía, incluso cambiando el curso de la misma, el caso de Baudelaire lo deja todo claro); el ultraje a mi entender está en la pretensión de querer vivir a costa de ello. No se vive de la poesía, sino que se muere de ella, y en esa preanunciada muerte está, a mi entender, el milagro y la dicha de ser o sentirse poeta.

Al final, como decía Manzano, todo queda reducido a la metáfora de una apuesta, cada cual lanza sus dados y espera por que el destino inmediato o la posteridad fugaz muestre quién estuvo más cercano de la tambaleante verdad. Y, ya que hablamos de dados, vale terminar con los conocidos versos de Mallarmé: «un golpe de dados jamás abolirá el azar».

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