Sobre el aprendimiento

No debo palpar el musgo de mis huesos.
Ni gritar en las tardes.

El ocaso es blanco.
Música infértil como un caos de espera.

Estoy vivo de pensar, de esperar, de arrepentirme.
De alimentar hormigas, sueños, hijos.
De escribir sobre el temor mi temor.
De danzar en la tormenta.

No debo pensar en lo difuso.
Ni en la oración que implora un pan nuestro
para el ayer.
No debo palpar el cielo de mi boca
ni el de tu boca.
Ni llorar.

Veo a los animales con estupor.

Nos empuja vivir

Quiero perder de un golpe los latidos.
Quiero retroceder hacia el pasado.
Quiero fingir que todo lo he sabido.
Quiero pensar que nadie me ha engañado.

Quiero el ciclón que enardece las olas.
Quiero esa estrella que en su albor me mata.
Quiero la muerte, no el dolor a solas.
Quiero el guijarro terco y no la plata.

Quiero sentir el roce de tus manos,
el candor de los niños que no temen.
Quiero a los hijos necios, no a sus padres.

Quiero la bizarría en los humanos
aunque los fútiles dioses los quemen.
Quiero los senos yertos de las madres.

Eliécer Almaguer, un poeta excitado por la muerte

Leer los poemas de un amigo es un ejercicio riesgoso; y te das cuenta de ello cuando comienzas a ojear y hojear las primeras páginas del libro. Entonces te recorre el miedo a que esos versos no te gusten, a que te parezcan fatales o ridículos; y ya ves aproximarse el momento de mentirle, de adularlo injustamente, o de decirle una verdad aplastante, porque, seamos sinceros, ningún poeta se toma a bien que alguien le diga, no que sus poemas son malos, sino que, sencillamente, no te gustan. Pero que agradable resulta tomar el libro del amigo (y me refiero a La flauta del solitario, del entrañable Eliécer Almaguer) y descubrir, no que sus poemas son buenos, sino que te parecen geniales.

Algo parecido me ocurrió al acercarme a este poemario que fuera publicado por Ediciones Holguín en 2013, y que lleva en su cubierta el rótulo del Premio Adelaida del Mármol (premio justísimo) conquistado en el año anterior. Libro que nos habla de la propia poesía y de las múltiples relaciones que el individuo puede conllevar con esta (y digo esta como si hablara de “una cualquiera”). Seguir leyendo