Herbert Toranzo, o mi amigo El Esperpento

Mi primer contacto con los cuentos que integran Elogio de la escafandra (Ediciones Unión, 2014) de Herbert Toranzo Falcón (Ciego de Ávila, 1972) se debe a la lectura de “Eslabones”, por allá por el lejano 2008, cuando deglutí Los que cuentan. Una antología, libro publicado en 2007 por la Editorial Caja China del Centro Onelio Jorge Cardoso.

“Eslabones”, cuento que se mueve dentro de lo que podríamos llamar mundos oblicuos o paralelos, y que establece una atmósfera de incertidumbres y dualidades en la que se desplazan personajes extremadamente deleitables; es el primer cuento que encontrará el lector al emprender la lectura de este libro que posee otras seis historias, en las que priman una rara fusión entre fantasía y cotidianidad. Estos textos pueden circunscribirse fácilmente en la rutina diaria de nuestro país; el lector reconocerá en ellos lugares y expresiones muy particulares del cubano, o sea, que se identificará; pero por instantes las narraciones se sumergen tan en lo profundo de las interioridades de la mente y la maquinación humana, que logran escapar a cualquier marca clasificable.

Quiero detenerme fundamentalmente en tres de las narraciones del libro, que son a mi entender, junto al ya mencionado “Eslabones”, las mejores piezas del conjunto; estas serían: “Nieve prosaica”, “El enemigo” y “Elogio de la escafandra”.

En “Nieve prosaica” encontramos una dupla de personajes repleta de contradicciones. Carlos Rivas, promotor, crítico y poeta, de limitada visión creativa, sufre un enfermizo apasionamiento por El Esperpento, joven pintor que se instaura en “la ciudad”, y que acapara toda su atención por sus atisbos de ingenio. En ambos se van alimentando múltiples ambivalencias, al punto, que El Esperpento llega a sentirse acosado por las continuas atenciones que Carlos le prodiga. Atenciones tras las cuales se parapeta su naturaleza egoísta y pusilánime. Me sentí despreciable y egoísta. Lo ayudaba, era cierto, pero solo lo hacia por mí. Conociendo mis limitaciones, me conformaba con ser el amigo del héroe, del genio, del famoso. Holmes y Watson, Batman y Robin, Quijote y Sancho.[1] Pero más allá de estas parejas mencionadas por el narrador-personaje, yo quiero resaltar y hacer paralelo con la pareja conformada por Bruno y Jhonny Carter, personajes del célebre cuento “El perseguidor”, del argentino Julio Cortázar. Hay un instante en este cuento (o novela corta) en el que Bruno (que en este caso vendría a prefigurarse en el personaje de Carlos) estriba: Postular los fundamentos y la trascendencia de los que están escribiendo o improvisando. Tendría que recordar esto en los momentos de depresión en que me da lástima no ser nada más que un crítico.[2] Ambos personajes sufren de alguna manera el mismo estigma: verse cercanos a un genio, sentir la bilis corroerse por la envidia, y finalmente conformarse con el modesto papel que les tocó en el reparto. El final del cuento culmina con el misterioso asesinato de El Esperpento, presuntamente a manos de Carlos.

Por otra parte, “El enemigo”, es un cuento sobre la soledad, sobre la necesidad humana de buscar el otro, y de inventárselo, incluso, de ser preciso; lo cual, justamente, ocurre en esta historia: la figuración de un contrario a través del cual se resalta la existencia y la sobrevivencia en un medio en el que se posee poco. El personaje protagónico del cuento se mueve entre la cabalidad y la locura, y por momentos su pensamiento suele vagar entre estos dos extremos, provocando en el lector una situación de duda e inquietud constante.

Edna sufre el acoso de ciertas pisadas que suben y bajan por las escaleras del edificio. Al saberse sola e inofensiva, comprende que ella es el blanco de las mismas, y paulatinamente comienzan a aumentar sus fatigas y desmanes. Por momentos Edna comprende que no existe tal enemigo, y que ella misma se lo está imaginando todo; al extremo de casi convencer al lector de ello. Al final del cuento Edna, víctima del miedo, se desploma; y las pisadas bajan rumbo al segundo piso, donde una mujer despierta sobresaltada y enciende la luz de su cuarto.[3] Herbert resuelve, sin resolver, esta historia haciendo gala del uso del suspenso, provocando en el lector un estado de intriga del cual le será muy difícil despegarse.

El libro culmina con el cuento que le da título: “Elogio de la escafandra”, texto que resulta una alegoría de las relaciones interpersonales y las vicisitudes de la vida conyugal y social. El cuento, narrado en primera persona, nos muestra un personaje incapacitado para comunicarse con el resto de sus coetáneos, el cual ha desarrollado la costumbre de escribir cartas y telegramas constantemente con el fin de poder establecer un vínculo con los demás. La historia comienza a entreverarse cuando una escafandra llega a su entorno de manera misteriosa; el uso de la misma viene a facilitarle el entendimiento para con los otros, el diálogo; permitiéndole cierto estado de desinhibición, el cual se percibe tanto para con el dependiente al que le hace las compras, como para con Regina, la muchacha de bellos ojos, a quien a comenzado a enamorar mediante las extensas e intensas cartas, primero, y luego de manera espontánea y convincente, debido a la susodicha escafandra. La trama del cuento conlleva a un desazonado final en el que el personaje (del cual nunca sabremos su nombre) y Regina discuten la propiedad de la escafandra.

Para estos seres vivir es un riesgo constante; y proyectarse en sociedad es una aventura colmada de emergencias y fiascos. En un instante del cuento el personaje escafandrino dice: La representación más exacta del temor, mi temor a lo impredecible; las cosas agazapadas en uno mismo, ganando terreno por dentro sin habernos tocado aún.[4] Y esto es algo que gravita en torno a todo el libro, la evidencia de que estos seres, estos personajes a ratos sutiles y nobles, a ratos mezquinos y perversos, llevan dentro de sí su propia destrucción. Ellos mismos acontecen como sus peores enemigos.

Ahora se me antoja decir que estos cuentos no son exactamente fantásticos, como se anota en su contracubierta, y como yo acoté al inicio; sino, más bien, enigmáticos; pues al final de cada lectura no abundan las certezas, sino que un raro suspenso sobrecoge y hace suponer presuntos desenlaces.

De más está comentar que la locura atraviesa estas siete historias[5], y que el lector se verá obligado a poner cada palabra de estos personajes en tela de juicio, buscando desentrañar el medio en el que se desplazan.

No obstante, resulta una lectura amena y degustable, un libro que podrá satisfacer a los más diversos públicos, tanto a los lectores más avezados y cuestionadores, como también aquellos que busquen un rato de disfrute y de compañía. Es este un libro que de seguro acarreará múltiples lecturas y demostrará que el talento de su autor lo hace más cercano a El Esperpento, que a cualquiera otra de sus invenciones.

[1] Herbert Toranzo: Elogio de la Escafandra. Ediciones Unión, 2014, p. 59

[2] Julio Cortázar: Cuentos. Ediciones Casa de las Américas, 1964, p.245

[3] Herbert Toranzo: Elogio de la Escafandra. Ediciones Unión, 2014, p. 110

[4] Herbert Toranzo: Elogio de la Escafandra. Ediciones Unión, 2014, p. 124

[5] Según los numerólogos el siete es el número de la disonancia y el principio de la virtud.

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