La muerte es una borrachera interminable

Leer el libro de un amigo implica muchas veces que la lectura esté predispuesta hacia el pensamiento poético del amigo. Las conversaciones entre dos poetas —café en mano, o cerveza, así sea Presidente o Bavaria; a mi amigo siempre le ha gustado el ron, pero mi compañía lo ha hecho derivar a la birra, al laguer—, implican que a retazos, como quien mete la cuchareta en un caldo para ver que saca, vayan aflorando constantes alusiones a la tal llamada poesía, a la idea de lo que se tiene precocinado como poema, y de esas interconexiones en la nada que algún día también podrían ser tomados como tal.

Pues uno quiere leer el poemario del amigo, pero sabe que al abrir el libro será él quien esté presente; y ese es un escollo a saltear, porque uno se acomoda, o se incomoda, en el sillón, agarra ese cuaderno de color impreciso que publicó la Editorial Ávila en 2012, y lee en su cubierta “Áridas palabras, José Rolando Rivero”; y cuando ya está desandando sus páginas teme a que sea el Roli quien le hable al oído y le decodifique el poema.

Pero no, estoy dispuesto a que sea el libro el que por sí solo llegue hasta mi percepción, que el poema no traiga la compañía de las interminables mañanas en el Doña Neli hablando de la vida, de los ególatras y sus presuntuosos poemas, del alcohol lenitivo que siempre permite que a uno se le suelte la lengua y haga hasta dos o tres comentarios inapropiados, porque siempre hay gente que te mira sin entender cómo pueden dos personas, cerveza o capuchino en mano, estar hablando de poesía.

Y en este afán descubro dos cosas al instante. La primera, que estos poemas están primados de un dejo lánguido y agónico, el sujeto (que no es mi amigo, ni siquiera José Rolando) se encuentra en un estado de iluminación y traspasa con su mirada lo endeble de todo, una sustancia entristecedora recorre estos poemas, una sustancia que llega al lector y lo hace culpable, porque siempre hay un diálogo, o se habla de un nosotros, de una pluralidad que nos incluye. La segunda, que estos poemas son profundamente impersonales, el autor es la voz de lo demás, de lo profuso, cada poema emana de una visión, de una huella que ha dejado una película, un lienzo, una calle, o una persona, lo cual hace que este libro sea profundamente referencial; pero el autor no persigue la imagen consumida, sino que va en pos de la huella sensitiva que esta imágenes dejaron en él, o busca las experiencias que reavivaron. El sujeto se declara fiel, herido por aquellos a los que les fue dado su amor; y en un último diálogo, aparentemente con Dios, se confiesa la sordez de las palabras, o sea la insignificancia de cada acto humano.

Estos poemas se caracterizan por poseer un orden desmañado e impreciso, o más bien por no tener orden, los versos carecen de ilación o consecución. Pero poseen una fuerza muy significativa, son como dardos, que en apariencia fueron lanzados al azar. Cada uno de ellos lucha por su permanencia solitaria, no requieren del significado que le antecede o le precede para subsistir, para elevarse en un mundo donde los sentidos se descubren alterados, donde la percepción del instante, de la sustancia entristecedora, resulta la cuerda que va uniendo, uno con otro, cada uno de estos poemas, de estos gorjeos impersonales.

Léanse estos últimos versos del poema “Rostros”, y luego relean al azar, o de abajo hacia arriba, y noten que jamás se pierde la lógica, porque no existe lógica, solo dispersión, sensaciones que emanan de cada verso independiente:

Espejo cóncavo desde el espejo absoluto del día,
el tiempo era acaso el mar.
Áncora hundida en mí. A veces astro indescifrable,
desnudo en el relente de la tarde.
Era esta la hora a que ascendíamos
como un eco desde las cumbres del viento.
Beso turbio. Diamantes alejándose.
O desaparecer en tus labios como peces idénticos.
O era cierta escarcha en los ojos. Vacío. Regreso.
O era morir. Irse.
Volver el rostro a otro espejo.[1]

Por otra parte es un libro que carece de tema, no habla de algo en específico, sino que habla de todo: de la vida y de lo aletargado que resulta el tránsito: Y es el dolor, /siempre es el dolor de la mordaza y de la cuerda atada. /Siempre es el dolor la cumbre a que ascendemos.[2] Habla del apetito de comunicar y de lo que defrauda la palabra, la palabra y su ferviente agonía: ¿Acaso los signos podrán definir este miedo, esta angustia, este morir poco a poco en la bajamar del alma, cuando todo parte y nada obedece a la línea feroz del olvido? //¿Acaso las palabras pudieran afirmar el hallazgo de la permanencia?[3]

Pese a su título no es un libro árido. Áridos pudieron ser los motivos que conllevaron a su escritura. Este es un texto manso, suave y cadencioso, con una musicalidad intrínseca en la ininterrumpida alternancia de versos disímiles en cuanto a extensión y forma.

Un libro que por un leve instante nos invita a morir, y me refiero a ese verso altisonante que cierra el poema “Los cuervos”, y que reza: la muerte es una borrachera interminable.[4] Ojalá. Con Presidente o Bavaria.

[1] José Rolando Rivero: Áridas palabras, Editorial Ávila, 2012 p. 21

[2] José Rolando Rivero: Áridas palabras, Editorial Ávila, 2012 p. 33

[3] José Rolando Rivero: Áridas palabras, Editorial Ávila, 2012 p. 64

[4] José Rolando Rivero: Áridas palabras, Editorial Ávila, 2012 p. 32

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