Marina Tsvietáieva

Soy hija del amor y la nevada,
cómplice del temor y del destino,
susurro que se pierde en el camino
que me lleva a Moscú, desesperada.

El tren sigue su marcha apresurada
sobre la nieve roja, entre los pinos
vi nacer y morir un remolino,
pasar soldados con el alma helada.

Vuelvo a Moscú como quien vuelve a un sueño
que acontece mi propia perdición.
Taño la luz. Sedienta es la ablación

de la muerte. Vacío es todo empeño.
Ya ni sé a qué me entrego, quién es dueño
de la sangre que moja mi ovación.

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