Un antídoto para la enfermedad del alma

El mar es un monstruo en el que habitan monstruos: Kraken, Leviatán, Morgawr. Una ancha sustancia verdeazul que lo devora todo y que aún resulta desconocida a los ojos del humano.

Los poetas han encontrado en el mar un reflejo de su propia existencia, de su bullir encabritado. Desde Homero, que casi sacia el tema en su Odisea, hasta Coleridge con la inmortal Oda del anciano marinero, el mar ha formado parte indisoluble del imaginario poético. Ahí tenemos El barco ebrio de Rimbaud o El cementerio marino de Valéry, el “odio el mar” de José Martí o las enigmáticas aguas de Raúl Hernández Novás.

La enfermedad del bronce, libro que Ediciones La Luz recién pone a circular, comienza sus páginas advirtiendo que si te alejas del mar puedes salvar tus armas. Irela Casañas, su autora, dispone un conjunto de poemas, divididos en tres secciones, que descollan por el juego referencial y por el aire cosmopolita de sus temáticas. Como si nos estuviera diciendo: “el mar es uno solo, el de los griegos y romanos; el que baña Noruega, Liverpool, Gibara”. Los referentes son disímiles y responden a múltiples culturas, están en los poemas como agazapados, sin asomarse del todo, algunos lectores más duchos disfrutarán de esos leves artefactos que duermen entre versos y prosas, a otros se les despertará una extraña cosquilla o simplemente seguirán de largo con un extraño sabor
entre labios.

La primera sección “Diario frente al mar” atraviesa las estaciones y busca en ellas autodefinirse; el mar es aquí constancia, núcleo. Los poemas son, en su mayoría, breves y responden a las emociones, al instante preciso, a la vida sosegada.

Sin embargo, ya en la segunda sección, “Luz negra”, los poemas se vuelven (ya lo denota su título) más oscuros, y las situaciones tratadas responden a un dolor cotidiano, a un preexistir entre los sucederes anodinos de la vida diaria. Estos poemas resultan más anecdóticos, aunque esa anécdota solo está contada a medias; jamás se muestra un acontecimiento, todo queda sumergido en un raudo misterio, en un dolor de carencias y ansiedades; lo que denota el sujeto se queda en lo apenas vislumbrado.

“La triple soledad”, tercera y última sección, difiere de las anteriores por su ironía e hiriente cinismo. El hombre absolutamente moderno echa mano de esas armas para subsistir. Y aquí se denota que La enfermedad del bronce transcurre como la vida: su andamiaje y la distribución de los textos nos hablan de la voluntad humana; de la dosis de ingenuidad con la que todos nacen, y de cuánto se pierde en el trásfugo con los dolores; del choque humano con las carencias y la falta de valores primordiales. El primer verso de esa última sección reza: Se rompió el encanto[1], y a partir de ahí se escapan las ilusiones, y los atisbos de autoreflexión de la primera sección, unidos al laceramiento de la segunda, devienen en encrespamiento del alma, en escape tardío desde la nada hacia la nada; lo cual hace que ya hacia el final del cuaderno el sujeto quede sumido en una abulia pasmosa: No fue que quise cortarme, me cortaron. No fue que quise vivir, me alimentaron. No quise amar, me amaron.[2]

Para terminar resalto la ligera hermeticidad de estos textos; la poeta se hace oscura en su afán o atiborramiento, en su enojo y aprensión hacia lo vivido y ahora contado; lo cual provoca que La enfermedad del bronce resulte un libro de lectura enmarañada, donde las verdades se ofuscan y los valores se encuentren, a veces, entre líneas. Una lectura que puede significar lección de vida, advertencia al navegante, un antídoto para la enfermedad del alma.

[1] Irela Casañas: La enfermedad del bronce, Ed. La Luz, p. 57

[2] Irela Casañas: La enfermedad del bronce, Ed. La Luz, p. 73

 

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