De pesca

Esa tarde estaba más que aburrido cuando Miguelito se apareció en la casa con el notición:

—¡Dale, que a Ernesto le dieron permiso!

—¿Pero no dicen que la balsa está rota?

—No, chico, ya la arreglaron. ¡Dale, apúrate!

Cuatro días habían pasado desde la crecida —cuatro días perdidos, pues irnos de pesca sin la balsa de Ernesto no tenía ningún encanto—, y al fin la madre de Ernesto lo dejaría salir de casa. Fui por mi vara, atravesando con cuidado el pasillo para que mamá no me viera, y ya desde la acera le dije que estaría en el parque con Miguelito.

La casa de Ernesto colinda con el potrero, y hasta el río solo hay unos cincuenta metros. Él nos esperaba junto a la cerca. Tenía un pie encima de la balsa y, apoyando una mano en la rodilla, sonreía como si fuera un cazador victorioso y la balsa fuera su presa.

—¿Qué me dicen? ¡Quedó como nueva! —Ernesto reía triunfal.

Fuimos al río por el camino de las piedras; así evitábamos la curva, o el meandro, como le gustaba decir a Ernesto desde la última clase de geografía. La curva nos parecía muy peligrosa; sin embargo, el otro tramo del río era más tranquilo, y nos llevaba enseguida hasta la poceta.

Metimos la balsa lentamente y la amarramos a un arbusto de la orilla. Antes de subir a bordo, Ernesto nos enseñó tres anzuelos y un carrete nuevecito que su padre le había regalado. El nailon era verde, muy fino y brillante. Se lo envidié desde que lo vi. Acaricié mi vara hecha de un gajo de guásima y miré el tosco nailon que antes le había servido a mamá de tendedera. También Miguelito miraba ansioso el carrete de Ernesto. Sólo que él no pudo contenerse:

—Oye, Erni, ¿por qué no me das dos brazas de tu nailon para ponérselo a mi vara?

—Ah, no jodas, Migue. ¿De mi nailon nuevo? Na.

—¿Tú sabes cuántos metr
os tiene ese carrete? Por lo menos cien. No seas tacaño, dale. Ni se va a notar.

—¿Tú estás loco? Ni muerto.

—Bueno, y el viejo que tú tenías, ¿por qué no me lo regalas?

—¿Tú sabes cuántos carretes tiene mi papá? ¡Siete! Cuando yo vaya a pescar con él tengo que llevar los dos míos; si no, voy a parecer un tonto.

Miguelito se quedó mudo. Yo aproveché el silencio para acomodarme en el rincón de la balsa que más me gustaba. Desde allí me sentía como todo un capitán de navío. Al instante subió Ernesto y se acomodó justo a mi lado, como si supiera de mi predilección y quisiera desplazarme. Por un momento me dieron ganas de botarle el carrete al agua, pero me contuve. Esa es mi única virtud, y lo era también cuando tenía doce años.

—Vamos, Migue, ¿qué esperas? —dije solo para romper el hielo.

Miguelito me miró como si estuviera encabronado conmigo. Pero de repente su semblante cambió a una sonrisa.

—Claro, compadre, no faltara más.

A pesar de que la crecida había ocurrido el miércoles, el río aún mantenía una ligera corriente que bastaba para desplazarnos sin necesidad de usar los remos. En menos de diez minutos llegamos a la poceta. El agua casi tapaba la piedra grande en la que otras veces yo me sentaba a pescar. Gracias a eso dedujimos cuán hondo estaba el río. También por la palma y por la guásima, pues nunca antes el agua había llegado hasta sus troncos. A ellos nos arrimamos. Mi tío siempre me había dicho que a la sombra se pesca mejor, y era cierto; allí picaban más.

Los tres nos quedamos en la balsa y enseguida lanzamos nuestros náilones al agua, con sus respectivos anzuelos, corchos, plomos y lombrices, y nos dispusimos a esperar. Un pescador debe saber esperar y tener mucha paciencia. A pesar de eso, después de quince minutos sin que apenas se movieran los corchos, ya estábamos más que impacientes. Miguelito salió de la balsa agarrándose del tronco de la guásima.

—Esa sombra está envenená —dijo mientras buscaba donde acomodarse—, ahí no van a coger ni al culpable.

Ernesto y yo aprovechamos para acercar más la balsa a la palma. Si no pica hay que cambiar de sitio; lo decía mi tío siempre.

Miguelito se sentó en la orilla, aprovechando que el sol se había escondido entre las nubes, y lanzó su carnada al agua. Estábamos como dormidos, casi atontados, cuando su corcho comenzó a moverse, primero muy leve, luego más brusco, hasta que se hundió del todo. Miguelito haló y sacó una tilapia de al menos quince centímetros. Cómo hubiera disfrutado coger una así, para que luego mi tío la midiera con su cinta, orgulloso de su sobrino pescador.

—Ño, tremenda —le dije a Miguelito.

—¿Viste?, sabía que aquí iban a picar.

Ernesto ni chistó; actuó como si no hubiera ocurrido nada, como si aquella tilapia no estuviera removiéndose en las manos de Miguelito. Sacó su anzuelo, le cambió la carnada y lo volvió a lanzar con parsimonia. Pero no había duda de que Miguelito tenía razón: aquel sitio junto a la palma estaba envenenado. Miguelito ensartó con un bejuco su tilapia y la dejó mojándose en la orilla para que no se le fuera a poner patitiesa.

Apenas arrojó su nailon el corcho volvió a hundirse y sacó otra tilapia, hermana gemela de la anterior.

—Vaya, cabrón, hiciste el día.

—¿Viste? ¿No te digo yo que estoy escapao?

Ernesto nos miraba de reojo. Sabía que estaba ardiendo de rabia por las dos tilapias de Miguel; por eso yo alababa su suerte y lo adulaba, solo para ver a Ernesto encabronado, porque realmente yo estaba igual de celoso. ¡Cómo me hubiera gustado abrir la puerta del pasillo y sonreírle a mi tío con aquellas dos tilapias en la mano!

Se estaba armando agua y yo había comenzado a sospechar que tendríamos que cargar con la balsa al regreso. Contra la corriente, tal vez pudiéramos remar, pero no contra la corriente y el viento que poco a poco iba aumentando.

Ernesto volvió a cambiar de carnada y se pegó a la esquina de la balsa. Tanto, que por un momento pensé que se iba a caer.

—Oye, ten cuidado, que tú no sabes nadar, y yo no me pienso tirar a sacarte.

—Te vas pa la pinga —dijo, fulminándome con la mirada.

Callé. Al parecer esa tarde todas las malas miradas eran para mí.

El aire seguía arreciando. En cualquier momento comenzaría a llover. Ya se respiraba la humedad en el ambiente. La balsa, incluso, había comenzado a deslizarse. Me fijé en la soga; el nudo alrededor de la palma parecía bien hecho.

—Oye, Ernesto, deberíamos recoger las cosas para irnos.

—De aquí yo no me voy con las manos vacías —dijo y en ese momento su corcho comenzó a moverse.

Ernesto estaba impaciente. El corcho apenas se había hundido cuando sacó el nailon con el anzuelo vacío.

—Te apuraste mucho —le dijo Miguelito.

Ernesto le clavó los ojos con la misma roña con que minutos antes me había mirado a mí. Miguelito le sostuvo la mirada. Pensé que se iban a fajar. Pero Ernesto colocó una nueva carnada y Miguelito se volteó a mirar su corcho, atento a la más pequeña sacudida.

—Deberíamos irnos, está a punto de empezar a llover.

Pero mis palabras no fueron escuchadas por ninguno de los dos. Seguían afanados en aquella absurda competencia en la que Miguelito llevaba la delantera. Su placer era enorme. Esta era su forma más exitosa de derrotar a Ernesto.

—Deberíamos recoger.

Tras mis palabras siguió el silencio. Ninguno de los dos corchos hacía lo más mínimo por moverse. Solo el aire los iba llevando lentamente hasta la orilla. Al parecer demoraríamos en irnos, y no quedaría más remedio que cargar con aquella endemoniada balsa. Saqué una lombriz de la lata. La ensarté a lo largo de todo el anzuelo y la arrojé al río.

Hasta aquí llegan mis recuerdos de esa tarde. Esa tarde en la que una de las pencas de la palma se desprendió y vino a caer sobre Ernesto y yo.

Claro, que esto lo supe después, pues el golpe me hizo perder el conocimiento. Cuando desperté estaba en el hospital. Luego supe que Ernesto se había ahogado en el río.

Mamá no dejaba de llorar y mi tío estaba junto a un médico quien, con una placa en la mano, le explicaba que todo estaba bajo control. No obstante, debían seguir observándome.

Cuando ya nos íbamos del hospital, escuché el llanto desconsolado de los padres de Ernesto. Le pregunté a mamá por qué lloraban y ella no me respondió. Fue al llegar a casa que me dijeron de la muerte de Ernesto.

Yo nunca he entendido qué es la muerte. Creo que las personas no se mueren, y, si mueren, deben estar renaciendo en algún lugar en el mismo instante. Igual creo que cuando yo muera alguien nacerá y todo será como si ese alguien fuera yo. Una vez le hablé de esto a mamá y ella me dijo que estaba equivocado, que cuando me muriera iba a estar muerto y ya. No sé cómo mamá puede estar tan segura de eso. No entiendo cómo alguien puede morir. Cuando papá murió lo que me hizo sentir triste fue saber que no lo vería más. Y, ahora que Ernesto lo estaba, yo apenas sabía qué pensar, pero el hecho de que él no estuviera más, ni en el barrio, ni en el aula, no dejaba de tener su encanto.

Al otro día fui a casa de Miguelito, pero su madre no le permitió salir; estaba castigado.

—Tú también deberías estar castigado. Con semejante desgracia es irrespetuoso que estés en la calle como si nada.

La reprimenda de María Elena me entristeció, o más bien me abochornó. Lo cierto es que llegué a casa llorando, y enseguida mamá me preguntó qué me había pasado. Le dije que lloraba por lo que le había sucedido a Ernesto, y pude ver que entonces ella también lloraba.

Ese mismo día Miguelito vino a la casa. Se había fugado, pues su madre aún no le había quitado el castigo. Me dijo que tenía algo que enseñarme, pero era un secreto. Así que nos fuimos hacia el final del patio, lejos de las miradas de mamá y de mi tío, que en cualquier momento llegaría del trabajo. Miguelito pegó su espalda a la mata de mango y, casi temblando, sacó de uno de sus bolsillos un carrete de pescar con un nailon verde muy brillante. Vi que sus ojos resaltaban de alegría. Y solo conmigo podía compartirla.

—Dámelo —le dije.

Él se quedó confundido.

—Será que te lo preste.

—No, dije que me lo des.

—¿Estás loco?

No sé qué era lo que me empujaba, pero el juego me gustó y lo llevé a su término.

—Si no me lo das les diré a todos que tú ahogaste a Ernesto.

El rostro de Miguelito se descompuso en una mueca. Quería responderme, pero apenas llegó a balbucear algo que no entendí.

No tuve que abrir más la boca. Puso el carrete en mis manos y se fue casi corriendo. Sin mirar atrás.

Yo, en lo que se suponía que era mi victoria, apenas sabía qué hacer con el carrete. Así que entré a la casa, busqué la maleta donde mi tío guarda sus utensilios de pesca, y puse el carrete junto a los demás.

Al salir al portal vi que mi tío llegaba. Enseguida soltó la bicicleta y, como todos los días, me apretó en un abrazo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s