Los sitios me reinstalan de pasados

Justo en el sitio donde antes nos besábamos
hay ahora un fértil basurero.
Mis ojos buscaban el recuerdo del amor
y hallaron un silencio de petardos.

Una lluvia de cerrojos cayó sobre mi pecho.

Comprendí que todo estaba dicho:

que la muerte se había engendrado en las caricias,
que cien puñales pudieron más que mi esperanza.

Nunca seré aquel que nunca fui.
Este sitio no será jamás
lo que solo es en mi memoria.

Ahora los perros huelen mi desgano,
descubren que el amor y los besos
son fugaces como la propia existencia,
eternos como las numerologías y el infinito.

Recontar la vida es aprehender lo incierto.
Todo recuerdo es falso.
La memoria es impostura.

Los finales nunca son finales.

Justo en el sitio donde antes nos besábamos
hay un pastizal enfermo de abrojos,
un desierto de infinitas nostalgias.

Sobre el goce de los cuerpos en Últimas tardes con Teresa

La belleza del cuerpo desnudo, el desconcierto provocado por la presencia de la desnudez o su simple anunciación, prefiguración, cercanía, es un gran misterio. Su fuerza imántica predispone al hombre hacia sus más bellos u horrendos impulsos. Aquí pesa el carácter, la naturaleza del alma, las ganas de crear o de destruir. La historia del arte es puro deleite de la desnudez. El humano, al mostrar a través de mundos similares el ansia de su espíritu, refleja apetencias y ascos, filias y fobias. Repensemos la historia de la pintura y veremos a nuestro alrededor bellos cuerpos desnudos, horrendas fauces sangrientas.[1]

Los cuerpos se buscan, se atraen, se presienten. No solo es fórmula física, también es constancia de vida, impulso maquinalmente pensado por “el hacedor” o por esta magna casualidad que nos ha puesto casa y comida en el espacio-tiempo. Seguir leyendo

Nacido muerto

Grato es morir; horrible vivir muerto.
José Martí

Oh vengan, madres de la muerte, esperen
y beban de mis manos el buen vino
de la desdicha —acritud del destino—;
cuán rápido se olvidan los que mueren.

Y qué pronto se olvidan los que nacen
si llevan el estigma de la muerte.
Ah, soledad que logras imponerte,
tus fierros tan agudos me deshacen.

Mejor no renacer si mi cansado
cuerpo desde antes yace amordazado.

Ya todos mis recuerdos son cavernas
como toda sentencia es desistir.
Oh madres, ya es la hora de parir,
que el negro aborto salga entre sus piernas.

Ivette Cepeda, la vida en cada canción

Uno va a un concierto movido por extraños resortes que te hacen salir de casa, abandonar el libro o el sosiego que a veces promete una cama.

Pues digamos que un día te tropiezas con el disco Estaciones (no sé cómo llegó a mí, no sé quién me lo dio, quién me dijo mira copia esto, te lo voy a poner en la memoria, puede que te guste; no sé cuándo ni cómo ni dónde, pero lo cierto es que lo agradezco infinitamente), y digamos que no puedes dejar de escuchar ese concierto sutil y vigoroso, que descubres en él una voz que te despierta, que te recorre la piel, y te hace elevar la escala de lo que llamas virtuosismo, maravilla, belleza.

Esa voz, la voz de Ivette Cepeda, era algo que no me podía permitir no escuchar. Seguir leyendo

Soledades

Cae un chubasco de repente.
Luego otro chubasco reemplaza
el tiempo de la pesadumbre.
La lluvia me niega las calles,
me amarra a un sitio inesperado.

(Pobres las almas en las que siempre llueve,
pobres los que han escuchado el llanto
después de la estampida,
el silencio después de la lluvia).

Ahora este chubasco es una cortina entre tú y yo,
un abrirse el tiempo en las distancias que nos separan,
un pensar en ti mojado y ridículo,
otro camino de la espera.