Amor de septiembre

Huye, amor de septiembre que has llegado
en tamaño momento inoportuno
para mi vida, en la que amor alguno
ha sabido enmendar lo destrozado.

Lárgate ya, muchacha, por tu bien,
de este manojo que por hombre paso.
Escapa de mi beso y de mi abrazo,
y de estas horas lóbregas también.

No te quedes aquí, no te hagas daño.
Mi destino es tan solo desventura;
siempre ando triste, siempre voy huraño;

no malgastes en vano tu hermosura.
Vete antes de que asome mi amargura.
Sálvate pronto del certero engaño.

Las canciones

Hay esas canciones que acompañan. Que arrastramos por la vida como andamiajes de nuestro propio ser. Que desnudan la existencia y la hacen más incierta, confusa; pero que a la vez ayudan a definir un momento, un instante, un apetito que persiste, que no resiste la finitud. Las canciones ruedan, llevan en sí el azar inhóspito de los poemas, van desquiciando los espacios, corroyendo esas almas para las que fueron hechas, escritas, compuestas.

Esa fusión mágica entre texto y melodía, que resulta siempre inseparable, llega a enloquecer o atormentar a cualquier humano presto a los sentidos. Música: alimento primario, oído que sucumbe ante la fragancia de un acorde, de una nota que toca hondo, que desnuda y atraviesa el alma. Poesía: singularidad del idioma, idea trastocada en manantial Seguir leyendo

Ofrendas al avance de los días

Aún ignoro las razones que ofreceré a los días
para salvar mi cuerpo.
Y si esto fuera todo lo que ignoro
podría tenderme sobre las huellas.
Pero aún no sé nada de los días
ni del cuerpo rabioso.
Creo que soy un animal hambriento que muere.
Y mis pómulos se enfrentan a la edad,
a los marinos, a los puños dolientes,
a las hojas que caen.
Tengo el cuerpo repleto de emboscadas.
Tengo prisa.
Mi cuarto es un lugar seguro cuando llueve.
Mi destino es un sitio seguro jamás.

Y la madrugada me asalta en cada amanecer.
Me devuelve a esa edad que, irremediablemente,
se va agrandando.