Las canciones

Hay esas canciones que acompañan. Que arrastramos por la vida como andamiajes de nuestro propio ser. Que desnudan la existencia y la hacen más incierta, confusa; pero que a la vez ayudan a definir un momento, un instante, un apetito que persiste, que no resiste la finitud. Las canciones ruedan, llevan en sí el azar inhóspito de los poemas, van desquiciando los espacios, corroyendo esas almas para las que fueron hechas, escritas, compuestas.

Esa fusión mágica entre texto y melodía, que resulta siempre inseparable, llega a enloquecer o atormentar a cualquier humano presto a los sentidos. Música: alimento primario, oído que sucumbe ante la fragancia de un acorde, de una nota que toca hondo, que desnuda y atraviesa el alma. Poesía: singularidad del idioma, idea trastocada en manantial, susurro que gravita entre los árboles y viene a posarse en el aparente entendimiento, que apresa un segundo, una voluntad, un sentimiento.

Disponerse a escuchar una canción es una decisión sublime, un acercamiento a lo imposible, a esa nada que es todo; es sucumbir hacia una elevación, es elevarse hacia un barranco. Es salir siempre airoso, aunque el corazón se resienta de dolor, o atisbe un instante de dicha inmarcesible.

Ellas están, existen, coexisten. Gracias a los bardos; a las almas rotas; a los sonámbulos ebrios; a los bares y cantinas; a los locos atormentados; a los enamorados sin sentido; a los que atisban profundidades en una mirada, en un silencio; a los poetas que avivan a otros poetas, que alientan hacia el derroche, a la osadía, al precipicio del amor.

Son esas canciones que siempre están presentes, que caben en la noche, en el amanecer, debajo de una almohada. Siempre hay tiempo para enamorarse de ellas, para hacerlas propias, plausibles, duraderas. Para compartirlas como quien comparte un pedazo ausente de su cuerpo, una boca extra, una mano que acaricia, un mechón de cabello que perfuma.

Entregarse a una canción —al mundo cerrado de una canción, a la historia de amor o desamor que gravita entorno a ella— es entregarse a una elevación del sentir propio, a la vez que nos disponemos a imaginar esos sentires de los que, tal vez, sabemos poco o nada; es como colarnos en otra piel, en un mundo gravitacional que resulta extremadamente firme.

Por eso ahora —Contigo en la distancia, sabiendo que La gloria eres tú, que todo lo que quiero es hacerte Volver, decirte Vámonos, Alma mía, destierra estas Cenizas de tu ausencia, estas Nostalgias que me desabrigan— busco en todo ese universo que Somos, —aun cuando existimos Como dos extraños—, y aunque quiero decirte Vete de mí, termino diciendo lo contrario, diciéndote Piensa en mí, quiero sentirte, estar a tu lado, no un fin de semana, ni Veinte años, sino Toda una vida.

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2 comentarios en “Las canciones

  1. Heriberto Machado Galiana dijo:

    Yo creo lo contrario, creo que asociarlas con personas es la mejor manera de vitalizarlas; las canciones son cápsulas de nostalgia, y no está mal que alguna u otra nos remitan a un instante x o a una persona y; no creo que por eso se hagan una mierda, más bien es uno quien se hace una mierda.

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