Love: El amor es aberrante

Escribo en caliente. Apenas hace unas horas que apagué mi PC y me fui a la cama afectado por las escenas de Love, el más reciente filme de Gaspar Noé, de quien guardo el agraciado recuerdo de las tantas horas dedicadas a ver, volver a ver, pensar y repensar, Irreversible, ese filme que me resulta tan duro y lapidario como su título. Love no. Love es otra cosa. Una película mediana de la cual escribo impulsado por los resortes de la traumática historia que cuenta.

Murphy (estudiante de cine) y Electra (de pintura), se conocen y luego de conversar durante toda una tarde se hacen novios. Las palabras que anteceden al primer beso tal parece que fueran a regir su destino (pregunta Murphy: “¿Cuál es el sentido de la vida?”, a lo que ella responde: “Amor”), y lo hace, al menos en Murphy, que es en quien se centra la película (todo transcurre en un día en el que este recuerda su historia con Electra luego de saber que esta lleva más de dos meses desaparecida y que es muy posible que se haya suicidado), pues aun cuando sus vidas están separadas (producto de la entrada de Omi en escena, con la cual primero establecen un juego sexual, un triángulo, pero con quien luego Murphy no puede evitar un escarceo que conlleva al embarazo, a la ruptura con Electra, y luego a la vida conyugal con Omi), el amor hacia Electra es lo que rige y dispone su existencia.

He aquí una película de dos personajes, pues el resto no aporta mucho, incluso Omi (que sí tiene un peso rotundo por todos los cambios a los que su presencia expone), apenas entra y sale en escena en contadas ocasiones, como dando a entender que, aun cuando lo más cercano a una vida tierna y amorosa es lo que sobrellevan Murphy y Omi, esta no pinta ni da mucho color dentro de la historia.

Si bien hablar del amor, definir el amor, es un ademán humano que parte desde los instintos, lo cierto es que cada persona hace o rehace los conceptos, se entrega o rehúye a los sentidos, llega a una conclusión o simplemente se devana sin hallar una idea precisa, o se acerca a una idea que va mutando con el día a día, con las experiencias a las que cada cual puede ser sometido o someterse. Decir “qué es amor y qué no” es transcurrir sobre una cuerda demasiado leve; no tiene nada que ver ahora mismo, pero quienes hayan leído el cuento De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver, sabrán de qué hablo y tendrán otras situaciones, tan trágicas como las de esta película, con las que contar.

Los protagonistas de Love hablan constantemente del amor; pero son personajes inmaduros, inseguros, y hasta insípidos, carecen de matices, y anteponen la experiencia sexual a cualquier otro roce; y si bien el sexo, el deseo, la pasión, son partes esenciales en el transcurrir y devenir de una pareja, estos personajes se muestran incapaces de ver el amor como la materialización de un sentimiento más allá del desenfreno erótico.

Tal parece que la película nos habla del amor, pero es todo lo contrario, de lo que se habla es de la muerte del amor, de la incomprensión, de los celos, de la imposibilidad de perdonar, de la insatisfacción de la pareja, del miedo a construir una vida, un hogar.

La idea que propugna el filme es desconsoladora: el amor como camino hacia el fracaso del amor. Una película pesimista y sombría. Que muestra el amor como algo aberrante.

Si finalmente Electra termina suicidándose, o muere de una sobredosis (algo que al espectador nunca le es dicho o mostrado), lo cierto es que la escena final sugiere metafóricamente el suicidio de Murphy, el cual está sobrellevando una vida abúlica con la que no consigue lidiar: una esposa a la que no ama, y un hijo que no es baluarte suficiente para vivir por la sencilla razón de que este hijo no es resultado de la consumación añorada.

¿A dónde nos quiere llevar Gaspar Noé? Es algo que me queda claro: quiere desconcertar y lo logra, quiere sacudir y sacude, quiere que quien vea su película se replantee su vida, sienta estremecer sus cimientos, y yo me atrevo a decir que todo el que vea este filme, todo el que desande estos 135 minutos, que bien pudieron ser 75, tendrá su momento de duda, su espasmo de dolor, de agonía y de rabia.

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