Los libros robados

Comienzo haciendo una salvedad: jamás le he robado un libro a un amigo; es más: jamás le he robado un libro a nadie. Sin embargo, he robado centenares de libros, yo diría que ya debería andar rondando el millar, o es muy probable que hasta lo haya sobrepasado.

Es un poco difícil hacer una confesión como esta, pues mucha gente ha de verlo como un acto punible; pero lo cierto es que yo me regodeo en el goce que me provoca esa ratería, ese arrebatarle al Estado —Rey Sol que nos domina, ente aparentemente abstracto— lo que ha dispuesto para su propio fin; pues la lectura y el conocimiento es el primer paso hacia la disidencia, el abandono de esa ignorancia en la que muchos intentan mantenernos. Es casi una frase común la que, cuando se habla del robo de libros, sale a flote, y es que muchos repiten que nuestro Martí había dicho o dejado escrito que “robar un libro no es delito”. Yo he desandado las obras del Apóstol y los escritos sobre él, en pos de hallar esas palabras, para experimentar de alguna manera lo que pudiera ser mi redención, pero jamás he dado con ella; creo que simplemente alguien debió inventárselo en algún momento para no recibir castigo por su infracción, y de ahí a la fecha el chismorroteo popular ha terminado por hacerla verdadera.

Vamos a las cuentas. Un libro en Cuba tiene, como promedio, un valor de 10 pesos, y atendiendo a un salario de $ 355.00 (no es lo que gano actualmente —ahora gano 70 pesos más—, pero es lo que devengué durante siete años de trabajo), con el que supuestamente debía cubrir to(ooo)das mis necesidades. En un país en el que un pantalón o un par de zapatos cuesta, fácilmente, más de $ 400.00; donde una libra de cualquier carne equivale a unos $ 20.00; bien claro queda que lo disponible para la compra de libros es prácticamente nada o, sencillamente, irrisorio. La mayoría de los libros que compro se deben a una inmolación alimenticia, o de otro tipo. Recuerdo una vez en que tomé los 20 pesos que mi mamá me había dado para merendar una semana, y me compré, por ese monto, La caverna de las ideas, de José Carlos Somoza; cuando mi mamá lo supo me dio una reprenda que aún me estremece, para colmo ella (que es una buena lectora) se leyó el libro y me dijo que era muy malo, que no había entendido nada, que habían unas notas a pie de página que entorpecían la novela, que apenas la pudo terminar; aquello me hizo sentir peor, pero cuando un tiempo después leí La caverna…, entendí que aquel gasto era uno de los mejores que pude haber hecho, y que sencillamente la novela es demasiado osada y posmoderna, como para que mi mamá pudiera comprenderla.

Sé que cualquiera puede objetar que las bibliotecas públicas existen para que se pueda acceder a la lectura de forma gratuita, pero es una verdad de Perogrullo que estas instituciones no son más que desvanes muertos y despojados de sus riquezas[1] —si es que las tuvieron en algún momento—, espacios donde prima la ignorancia y el mal resguardo de sus bienes.

Y, nada, que el buen lector quiere tener su biblioteca, su espacio personal, su altar. Y los libros pasan a ser libros cuando ya se han leído; mientras no se han desandados no son más que papeles embarrados de tinta, signos que aún no tienen existencia. Muchas veces compro libros que ya 13552724_883709275091637_1826770112_n copialeí (o robo, pues este es el tema), y los atesoro con el placer que da el conocimiento, la conciencia plena de lo que estoy llevando hacia el estante, o hacia el rincón o el piso, pues espacio donde colocarlos ya no me queda.

El primer libro que me robé fue la Ilíada, de Homero, y lo hice con apenas 15 años. Recuerdo que cuando llegué a casa con él sentí un raro deleite, y sonreí sin imaginar los puntos álgidos que llegaría a alcanzar algún día a través de este goce. Luego pasé a no devolver en la escuela algunos libros que creí necesarios —algunos lo fueron; otros nada de nada—; y posteriormente comencé a saquear cuanta biblioteca pisara, las técnicas usadas fueron y han sido muchas, y con ellas pude burlar toda vigilancia o toda pupila advertida, aunque en realidad no era tan aguda dicha cautela, pues como ya dije en las bibliotecas, lo último que les preocupa a las bibliotecarias[2] es que un libro pueda ser robado.

Más difícil me resultaron luego las librerías, pues las libreras, a diferencia de las bibliotecarias, cuidan un tilín más lo que tiene bajo su custodia. Pero igual se convirtieron en sitios fácilmente franqueables, al punto de que hubo un instante en el que llegué —y aún lo hago— a saquearlas no solo para engrosar mi librero, sino también el de algún amigo, o para regalar un libro u otro a alguna enamorada.

Sé la historia de una amiga a la que atraparon robando un libro y las libreras la querían linchar por robarse un libro de cocina; el libro en cuestión era Las epopeyas de las comidas y bebidas de Chile, de ese poeta inmenso que es Pablo de Rhoka. ¿No se les parece esta a la historia de las brujas que quieren quemar a una inocente por hereje? ¿La ignorancia de las libreras no es suficiente como para lincharlas a ellas?

He recordado el poema “Curso órfico” de mi colega Francis Sánchez, en el cual él hace cuenta de haber sufrido también esta necesidad imperante de saquear bibliotecas: violé sepulcros, raras ediciones /que a través de la ropa, desde cintura abajo, /en el pecho, a la espalda, tornaban a la vida.[3]  Y concuerdo con Francis a cien por cien cuando inicia el texto anteponiendo que la práctica de robar libros es una práctica sexual, pues a través de ella se experimenta un goce y un efecto de liberación que solo es posible vivir a través de un cuerpo desnudo. Por ello, si digo ahora que no volveré a robar un libro será como decir que no volveré a esos goces con los que la vida te somete, te vence, te gana la pelea.

 

[1] En gran medida gracias a personas como yo.

[2] Digo bibliotecarias porque los bibliotecarios son aves raras (yo lo he sido) y es difícil toparse con algunas de ellas.

[3] Francis Sánchez: Caja negra, Ediciones Unión, 2006, p. 31

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