Los inicios

Quien no sepa morirse en vida escatimará si perder o no, si poner las manos en el asador o reservárselas para la presunta nada que puede ser la muerte física, esa que vemos y que, a la larga, solo nos habla del sueño y de la ofuscación. Yo diría que más bien preanuncia, a la vez que niega, todo.

Escribir es un buen ejercicio. Enseña a morir, a dejar de ser. El camino de cada escritor es la impersonalización, el desarraigo; el naufragio hacia la esencia del ser, que no es más que alejarse de todos los modelos preestablecidos. Abandonar la vida común que han ido preelaborando para un supuesto bien ciudadano.

No puedo estar en paz con nada. No sé lo que es estar conforme, tranquilo. Cuando los demás no ven arder los barcos, prefiero dar la nota discordante. De no hacer nada para evitar el fuego podrán tildarme. Es cierto. “Solo ardo en ganas nobles”.

A mi alrededor las naves huyen despavoridas. Los silencios son garrotes viles presionando las gargantas. Por doquier pupilas dislocadas buscan a quién inculpar, señalar, hundfrancisco-goya-el-sueno-de-la-razon-produce-monstruos-los-caprichos-2ir.

Y para todo existe una primera vez. Hasta para morir. Cualquier camino es innoble cuando el único viaje posible es la muerte. Cuando respirar es nocivo para la existencia. ¿De quién es la soledad? ¿A quién acompaño en la indolencia? ¿Quién se resentirá si decido inmolar mi cuerpo?

El precio de todo es nada. Los trabalenguas no se me dan tan fácil. Decir sin decir es una tarea rauda e impensable para alguien que solo tiene como apoyatura la palabra. Solo el vehículo oscuro de lo que soy podrá requerirme en un futuro; y mi hijo, si un día llega a saber de las verdades que su padre prefirió no escuchar, de las mentiras que gravitaron en su entorno mientras él –o sea yo— solamente decidía no aplaudir, o poner mala cara.

Sé que este es un escrito vacío e ilógico, quería hablar de los inicios y no sé finalmente de qué he hablado. Este puede ser uno de esos ratos en los que es preferible no tener lengua, ni manos. Pensar es destejer fronteras, ampliar esos surcos que solo en el dolor se ceban.

Hoy siento un odio que solo ha de existir para compensar lo que nombro como amor. No sé nada de los inicios, pero sí sé que “los finales nunca son finales”, sino trampas, o inicios agazapados en un adiós, en un abrazo que busca decir “esto es para siempre”.

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