El impostor

El viejo Andrés era todo un personaje. El tío bisabuelo de mi hijo. Nonagenario ocurrente. Arrastraba un sinfín de historias, toda una vida dedicada al trabajo agrícola, y una salud de hierro; a los 90 años puso su primer pie en un hospital, y aún tardó nueve más en asistirle la muerte. Una noche, mientras undoctor daba una charla en el celebérrimo programa Pasaje a lo desconocido, su sobrino Miguelito le dijo: “¡mira Andrés, como sabe ese hombre!”, y su respuesta fue todo un suceso que luego acarrearía en la familia disímiles comentarios: “¡ah, ese sabe tanto porque lo leyó en los libros!”.

Enseguida su comentario provocó risas y mofas alegres. Todos se carcajeaban de lo que era un evidente disparate, pero luego me sentí ofuscado por la fácil manera con la que Andrés, arropado en su ignorancia, echaba por la borda toda la seriedad científica, no ya de aquel hombre, sino de toda la sabiduría humana.La fácil manera con la que le restó importancia al caudal de conocimientos del doctor y su vida dedicada al estudio minucioso, fue para mí algo más que una escena risible. Seguir leyendo

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