Ser padre

Lo supe en marzo de 2006. Sería padre. En siete meses tendría a mi lado a una criatura como resultado del amor, constructo de mi existencia y la de esa mujer fabulosa con la cual comenzaba a compartir mi vida. En mi cabeza no habitaba la más remota idea de lo que aquello podía significar, y mi mente, para hablar en plata, se disparó de preocupaciones y miedos. Terribles contradicciones se devanaban dentro de mí con la velocidad y la furia de un relámpago.

Sí, una tormenta; en eso debió convertirse mi masa encefálica cuando el doctor nos comunicó de las cinco semanas de embarazo. Miró al rostro de D., al mío —como si este examen fuese más complejo que el intrauterino—, y solo entonces, con suma cautela, refirió sus consideraciones. Recuerdo sus palabras, sus gestos, el suave tacto con el que habló de regulación menstrual, de conversación en pareja, de tiempo para meditar, hasta que finalmente nos pidió considerar la posibilidad de traer a esa criatura —que cinco minutos antes no existía dentro del orden de la existencia— al mundo.

Nos fuimos a casa. No recuerdo el trayecto, no recuerdo de qué hablamos. Sí recuerdo que ella decidió rápidamente: lo quería tener. Yo me tomé unos minutos para mí, me arrojé sobre la minúscula cama de mi cuñado y me quedé absorto, en blanco. Ella vino hasta el cuarto y me preguntó qué pasaba. Le dije “tengo 18 años”, y no se tomó muy bien mi respuesta. Me puso cara, se compungió. Dos minutos más tarde le dije “estoy de acuerdo, también lo quiero”, y nunca más volví a dudar respecto a esa decisión. No obstante, esos dos minutos y mi frase de “tengo 18 años” me han salido bastante caros. Pienso que Rainer podría no existir si otra hubiese sido nuestra determinación, y me congestiono de miedo, me sobresalto de vacío y silencio.

Mi gra14 Ser padren temor era no estar preparado. Mis 18 años me aferraban a una idea sobre la inexperiencia, pues ser padre me parecía —lo es— la situación más exigente de la vida y tal vez a mi corta edad no estaba preparado para asumirlo. Necesité verme con mi hijo en los brazos, ver a otros padres, doblándome la edad, igual de temerosos y nerviosos, para comprender que ser padre es una realidad para la que jamás se está preparado. Tener un hijo, a mi entender, si el llamado es determinante, se asume y punto; si se espera por tener las condiciones materiales, físicas y mentales, jamás se tendrá. Y con esto no quiero alentar a decisiones descabelladas, decidir no tener vástagos es también una decisión humana.

Leyendo La carretera de Cormac McCarthy, encuentro un ideal sobre la paternidad. En esta novela se cuenta una historia apocalíptica en la que un padre y su hijo tratan de sobrevivir en un mundo arrasado y estéril, donde la raza humana se halla extinta y pocos seres desandan la tierra, convertidos en peligro los unos a los otros. Para este hombre, raquítico y enfermo, solo su chico lo separa de la muerte, pues lo sabe endeble y quebradizo, por ende aún sin fuerzas para enfrentar la vida —o la desvida—, y dispone toda su voluntad en permanecer.

Ser padre es estar. Compartir el trayecto. Alentar a vivir, a disfrutar de la belleza enclaustrada en cada fragmento de tiempo o espacio habitado. Es ponerle al hijo todas las cartas posibles sobre la mesa. Verlo elegir, equivocarse, caer; luego tender la mano, defenderlo. Advertirlo por primera vez enamorado y sentir tras su corazón herido que duele más el propio. Saberlo traicionado por un amigo y aun así mostrarle lo bello de la ilusión y su capacidad liberadora. Advertirle que la existencia es suficiente para afanarse otra vez y otra vez. Es recordar la noche de la respiración sobre mi hombro y la rodilla clavada encima de mi cintura. Es estar listo para verme negado, apaleado por sus ideas y actos. Crucificado por mi amor y el suyo.

Publicado originalmente en El Toque

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