El goce de releer

El ejercicio de leer me somete a diversas dicotomías. La primera va aparejada al hecho de ejercer la escritura. Me inquieta cuestionarme si debo dedicarle más tiempo a escribir o a leer. Si escribo pienso en lo que no leo, y viceversa.

A Borges le gustaba decir que muchos se alababan de las páginas que habían escrito, pero él se enaltecía de las que había leído. Mensaje captado, sin lectura no hay escritura posible; pero al final es necesario fragmentar el tiempo, pues si algo tengo claro es que una segunda vida no me será dada, y de serme dada no sé si la acepte.

De esta actitud se deriva una segunda contrariedad, y se debe a tener que escoger con cautela las lecturas, pues no solo me vale tener los ojos puestos en el disfrute de los “clásicos”, sino también en lo que se publica actualmente dentro y fuera de Cuba. Lo cual no es tan fácil. Vale dar un pestañazo para ver cuán desfasado se está.

Pero el tercero y más terrible conflicto va aparejado a un goce. El goce de releer.
Cuando andaba por 15 años tenía el imbécil sueño de leer todo cuanto se había publicado. A los 17 me percaté de que solo podría consumir lo que estaba a mi alcance, pues había —hay— libros a los que jamás tendría acceso. Y a los 20 ya había entendido: la vida —así fuese la mía tan larga como la de Matusalén— no me iba a alcanzar para devorar ni un décimo de todo cuanto en ese entonces yo creía que valía la pena.

16 Relecturas ejemplares (2)Fue una honda frustración darme cuenta de ello: de la finitud de la existencia, y de la infinitud, no ya de los libros, sino de todo el arte que ansiaba consumir. Sabiendo además que la existencia no está reducida al disfrute estético, pues este goce es solo una somera partícula dentro de otras apetencias mucho más urgentes o raigales.

Comprendí entonces que llegaría un instante en el que se impondría hacer un alto, pues de nada serviría leer maratónicamente si nunca llegaría al final de ese recorrido ingenuamente trazado. Supe, y sé, de lo prudente que será esa pausa, para así volver a colocar mis pupilas en esos tramos del camino que me han parecido dignos de una segunda ojeada.

Un dicho muy cubano reza que “quien mucho abarca nunca aprieta”, y en este caso se aviene perfectamente. Vale escoger seis o siete libros y releerlos hasta la saciedad: sacarles a ellos lo que tal vez no nos pueda dar toda la Historia de la Literatura. ¡Lo prudente es saber qué seis o siete ejemplares elegir!

La primera vez que releí un libro —La tregua, de Mario Benedetti—, comprendí que esa profundidad a la que conseguía llegar tras el segundo vistazo, era la verdadera lectura.

Cuando se lee por vez primera, como no se tiene una dimensión total de la obra, no se logra un buen nivel de captación, pues los sentidos están demasiado imbuidos en descifrar lo que aún no se conoce. Un mundo nuevo está ante nuestros ojos y la mirada está pasmada. Por ello la relectura, que se realiza cuando el total de la obra ha sido percibido, permite una confrontación donde, de principio a fin, el lector es consecuente con lo que consume y descifra.

O sea: las primeras lecturas son apenas malas lecturas.

Y aunque aún no he definido cuándo haré mi pausa, para tornarme sobre lo engullido —no sobre todo, sino sobre lo que me ha revuelto la existencia de una forma u otra—, ya me he interrumpido levemente para volver sobre tal o más cual libro; algunos se han ganado ya hasta una tercera o cuarta visita.

Parafraseando a Borges me atrevo a decir: muchos se lucirán de las páginas que han leído, yo lo hago de las que he releído.

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