Irma, el pretexto de un fracaso

Finalmente las casas de mi barrio sobrevivieron a las lluvias y los vientos de Irma. Todo presagiaba lo contrario, pero esos hogares centenarios, que preví demolidos por la naturaleza, aún están en pie. Por ello respiré tranquilo la mañana en la que, alejado el huracán, decidí caminar las calles de mi escueto día a día. Más aliviado imaginé a sus habitantes, pues trato de colocarme en la piel de alguien que de súbito amanece sin techo y no logro calcular la hondura de la pena.

En un país en el cual el problema de la vivienda —entre tantos otros— es el que más duele y aqueja, es sardónico ver tantas casas derruidas. El gobierno promete asistir a los damnificados, pero ocurre que 50 casas devastadas no equivalen a 50 familias sin techo, sino a muchas más. En nuestros hogares es común hallar a tres o más generaciones viviendo o al menos intentándolo. Seguir leyendo

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Casas de mi barrio

Son las cinco de la tarde del 6 de septiembre de 2017 y yo he decidido caminar por el barrio. Según el último parte meteorológico el huracán Irma debe embestir sobre el territorio nacional dentro de las próximas 48 a 72 horas.

El tipo que dio el parte en la televisión nacional es nuevo, estaba nervioso —no es para menos—, pues suplir a Rubiera no ha de ser fácil; de hecho, se le extraña y nadie dijo por qué no está frente a las cámaras. Él transmitía seguridad. Oí a una mujer en la calle decirle a otra que se había jubilado. No sé de dónde sacó la información, bien podría ser una broma, muestra de lo que algunos nombran cubaneo.

Una fuerza autodestructiva de la naturaleza se aviene sobre nosotros y yo salgo a caminar cámara en mano. Seguir leyendo

El goce de releer

El ejercicio de leer me somete a diversas dicotomías. La primera va aparejada al hecho de ejercer la escritura. Me inquieta cuestionarme si debo dedicarle más tiempo a escribir o a leer. Si escribo pienso en lo que no leo, y viceversa.

A Borges le gustaba decir que muchos se alababan de las páginas que habían escrito, pero él se enaltecía de las que había leído. Mensaje captado, sin lectura no hay escritura posible; pero al final es necesario fragmentar el tiempo, pues si algo tengo claro es que una segunda vida no me será dada, y de serme dada no sé si la acepte. Seguir leyendo

S/T, una foto de Alba León Infante

El joven descansa recostado a una pared corroída, sucia. Entre su cuerpo y la pared, resguarda una bicicleta. Ensimismado, abstraído, en su tableta electrónica, con los auriculares puestos, es incapaz de levantar la vista y presenciar lo que para él dispone esa vidriera: dos pinturas: debajo un armadillo surrealista, al centro una mulata de grandes pendientes y paño en la cabeza, dibujada sobre la bandera cubana; y un cartel (encima): en el que los cinco exprisioneros del impero, los cinco espías, los cinco héroes, levantan sus manos con euforia, afianzando las palabras del cartel: “Firmes y victoriosos entre nosotros”.

Hay en esta imagen un discurso irónico sobre la nación que hemos construido (o destruido), sobre la Patria que hoy somos y la apatía que denotan muchos cubanos respecto a cuestiones políticas, cívicas, morales y éticas. La vestimenta descuidada del joven, el desparpajo Seguir leyendo

El impostor

El viejo Andrés era todo un personaje. El tío bisabuelo de mi hijo. Nonagenario ocurrente. Arrastraba un sinfín de historias, toda una vida dedicada al trabajo agrícola, y una salud de hierro; a los 90 años puso su primer pie en un hospital, y aún tardó nueve más en asistirle la muerte. Una noche, mientras undoctor daba una charla en el celebérrimo programa Pasaje a lo desconocido, su sobrino Miguelito le dijo: “¡mira Andrés, como sabe ese hombre!”, y su respuesta fue todo un suceso que luego acarrearía en la familia disímiles comentarios: “¡ah, ese sabe tanto porque lo leyó en los libros!”.

Enseguida su comentario provocó risas y mofas alegres. Todos se carcajeaban de lo que era un evidente disparate, pero luego me sentí ofuscado por la fácil manera con la que Andrés, arropado en su ignorancia, echaba por la borda toda la seriedad científica, no ya de aquel hombre, sino de toda la sabiduría humana.La fácil manera con la que le restó importancia al caudal de conocimientos del doctor y su vida dedicada al estudio minucioso, fue para mí algo más que una escena risible. Seguir leyendo

Lecturas decisivas

A los 14 años, mientras me preparaba para los exámenes que me darían entrada al Preuniversitario Vocacional Ignacio Agramonte de Ciego de Ávila, mi madre me dio a leer una novela policial para que descongestionara mi celebro de las tensiones de la trigonometría y otras zonas de la matemática—como esa de los problemas de tanques en los cuales se abren tantas llaves y hay tantos salideros, y debe determinarse en qué tiempo se llenan—, que realmente me inflamaban la cabeza y otros apéndices.

Leí el Sabueso de los Baskerville, de Arthur Conan Doyle, y la mordedura de ese perro fue muy fuerte. Desde ese día solo suelto un libro para tomar otro. A veces me sucede que el volumen aún no leído me desvela y me impide disfrutar a gusto del que actualmente estoy leyendo. Esos libros venideros que buscan imponerse.

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El concepto secuestrado

La palabra Revolución viene del latín, revolutio, que quiere decir dar una vuelta (yo lo entiendo mejor si le llamo palancazo, o golpe de timón), por lo cual, ante poderes anquilosados y retrógrados, ante la necesidad de reubicar el orden y la vida social de una nación empantanada, este vocablo ha representado a quienes pretenden establecer nuevas políticas, nombrándose revolucionarios.

Cuando estudié las derechas y las izquierdas en Teoría Sociopolítica se me hizo tremendo lío en la cabeza. Las derechas estaban representadas por esos gobiernos conservadores que promulgan el individualismo y la propiedad privada, en su mayoría caducos y faltos de herramientas y vías para satisfacer y enmendar los problemas de la sociedad. Las izquierdas, en cambio, por aquellas que se enfrentan a esos viejos órdenes con un arsenal de ideas frescas y espacios propiciadores de una mayor participación colectiva.

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