S/T, una foto de Alba León Infante

El joven descansa recostado a una pared corroída, sucia. Entre su cuerpo y la pared, resguarda una bicicleta. Ensimismado, abstraído, en su tableta electrónica, con los auriculares puestos, es incapaz de levantar la vista y presenciar lo que para él dispone esa vidriera: dos pinturas: debajo un armadillo surrealista, al centro una mulata de grandes pendientes y paño en la cabeza, dibujada sobre la bandera cubana; y un cartel (encima): en el que los cinco exprisioneros del impero, los cinco espías, los cinco héroes, levantan sus manos con euforia, afianzando las palabras del cartel: “Firmes y victoriosos entre nosotros”.

Hay en esta imagen un discurso irónico sobre la nación que hemos construido (o destruido), sobre la Patria que hoy somos y la apatía que denotan muchos cubanos respecto a cuestiones políticas, cívicas, morales y éticas. La vestimenta descuidada del joven, el desparpajo Seguir leyendo

El impostor

El viejo Andrés era todo un personaje. El tío bisabuelo de mi hijo. Nonagenario ocurrente. Arrastraba un sinfín de historias, toda una vida dedicada al trabajo agrícola, y una salud de hierro; a los 90 años puso su primer pie en un hospital, y aún tardó nueve más en asistirle la muerte. Una noche, mientras undoctor daba una charla en el celebérrimo programa Pasaje a lo desconocido, su sobrino Miguelito le dijo: “¡mira Andrés, como sabe ese hombre!”, y su respuesta fue todo un suceso que luego acarrearía en la familia disímiles comentarios: “¡ah, ese sabe tanto porque lo leyó en los libros!”.

Enseguida su comentario provocó risas y mofas alegres. Todos se carcajeaban de lo que era un evidente disparate, pero luego me sentí ofuscado por la fácil manera con la que Andrés, arropado en su ignorancia, echaba por la borda toda la seriedad científica, no ya de aquel hombre, sino de toda la sabiduría humana.La fácil manera con la que le restó importancia al caudal de conocimientos del doctor y su vida dedicada al estudio minucioso, fue para mí algo más que una escena risible. Seguir leyendo

Lecturas decisivas

A los 14 años, mientras me preparaba para los exámenes que me darían entrada al Preuniversitario Vocacional Ignacio Agramonte de Ciego de Ávila, mi madre me dio a leer una novela policial para que descongestionara mi celebro de las tensiones de la trigonometría y otras zonas de la matemática—como esa de los problemas de tanques en los cuales se abren tantas llaves y hay tantos salideros, y debe determinarse en qué tiempo se llenan—, que realmente me inflamaban la cabeza y otros apéndices.

Leí el Sabueso de los Baskerville, de Arthur Conan Doyle, y la mordedura de ese perro fue muy fuerte. Desde ese día solo suelto un libro para tomar otro. A veces me sucede que el volumen aún no leído me desvela y me impide disfrutar a gusto del que actualmente estoy leyendo. Esos libros venideros que buscan imponerse.

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El concepto secuestrado

La palabra Revolución viene del latín, revolutio, que quiere decir dar una vuelta (yo lo entiendo mejor si le llamo palancazo, o golpe de timón), por lo cual, ante poderes anquilosados y retrógrados, ante la necesidad de reubicar el orden y la vida social de una nación empantanada, este vocablo ha representado a quienes pretenden establecer nuevas políticas, nombrándose revolucionarios.

Cuando estudié las derechas y las izquierdas en Teoría Sociopolítica se me hizo tremendo lío en la cabeza. Las derechas estaban representadas por esos gobiernos conservadores que promulgan el individualismo y la propiedad privada, en su mayoría caducos y faltos de herramientas y vías para satisfacer y enmendar los problemas de la sociedad. Las izquierdas, en cambio, por aquellas que se enfrentan a esos viejos órdenes con un arsenal de ideas frescas y espacios propiciadores de una mayor participación colectiva.

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Las sombras pobladas de Leonardo García

La canción me perturbó. Ella la había tarareado y luego yo perseguí la melodía hasta encontrarla en mi mediateca, en mis más de 70 GB de música minuciosamente organizada. La escuché y la volví a escuchar hasta que la perturbación se convirtió en dolor y el dolor en herida.

Estuve rayándola durante un par de semanas, tomando el punzón de los celos y dejándolo arder en la llama por aquello de exorcizar el dolor por el camino del exceso. Así estaba ese mediodía, con el sabor de un final a medias, que a ratos me parece un principio entorpecido, cuando me lo encontré sentado en el funesto restaurant de un funesto motel de cuyo nombre es mejor no acordarse, y casi con timidez me acerqué hasta su puesto. Tal vez me recuerda, pensé, de la tarde que coincidimos en casa de un amigo o de aquella noche cuando me le acerqué para pedirle Oración del remanso, ese chamamé de Jorge Fandermole que escuchada en su voz cobra enriquecidos bríos y matices. Seguir leyendo

Los inicios

Quien no sepa morirse en vida escatimará si perder o no, si poner las manos en el asador o reservárselas para la presunta nada que puede ser la muerte física, esa que vemos y que, a la larga, solo nos habla del sueño y de la ofuscación. Yo diría que más bien preanuncia, a la vez que niega, todo.

Escribir es un buen ejercicio. Enseña a morir, a dejar de ser. El camino de cada escritor es la impersonalización, el desarraigo; el naufragio hacia la esencia del ser, que no es más que alejarse de todos los modelos preestablecidos. Abandonar la vida común que han ido preelaborando para un supuesto bien ciudadano. Seguir leyendo

Hablar de poesía

Creo que no hay nada más difícil, pues no es otra cosa que hablar de la subjetividad, del pensamiento, del acendramiento interior de una idea. La poesía es producto del cuestionamiento, del preguntarse y horadarse sin respuesta. O sea que el poeta es un filósofo que entiende que el secreto del universo es una mierda; y más allá que preguntarse de dónde venimos y hacia dónde vamos, lo cierto, lo tangible, es que estamos, somos, y respiramos por algún milagro o rara inercia. El presente es el único verbo posible. Los ojos del poeta están en todos los tiempos a la vez, pero este sabe, es consciente, de que el hoy es el punto de apoyo para toda travesura posible.

Pues justamente eso es la poesía, una travesura, una diablura infantil. En el alma de todo poeta duerme un niño, un niño que no se reconoce y se busca en todas las miradas, en todos los roces, un niño que demanda un excesivo afecto Seguir leyendo