El Escribano

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Al teniente Soto le decían Savimbi por ser más prieto que una noche bien oscura. Negrísimo, bajito, y se podría decir que delgado, aunque de músculos compactos y definidos. Ante el pelotón —parado en firme, su uniforme ausente de arrugas, el cinturón apretado, la gorra apenas rozando la rapada cabeza—, nos parecía imponente, temerario.

El teniente Soto era imponente y temerario. Sumamente recio. Nos infligía un rigor avasallante y castigaba con cruda severidad. Lo odiábamos desde el día en que nos hizo arrastrar sobre la pista pedregosa de atletismo. Lo odiábamos con la misma potencia con que le temíamos. Solo Rolando trató de encarársele en contadas ocasiones, pero cuando el teniente Soto se le paraba delante, su cuerpo parecía empequeñecerse y su voz se convertía en un lamento. Seguir leyendo

De pesca

Esa tarde estaba más que aburrido cuando Miguelito se apareció en la casa con el notición:

—¡Dale, que a Ernesto le dieron permiso!

—¿Pero no dicen que la balsa está rota?

—No, chico, ya la arreglaron. ¡Dale, apúrate!

Cuatro días habían pasado desde la crecida —cuatro días perdidos, pues irnos de pesca sin la balsa de Ernesto no tenía ningún encanto—, y al fin la madre de Ernesto lo dejaría salir de casa. Fui por mi vara, atravesando con cuidado el pasillo para que mamá no me viera, y ya desde la acera le dije que estaría en el parque con Miguelito.

La casa de Ernesto colinda con el potrero, y hasta el río solo hay unos cincuenta metros. Él nos esperaba junto a la cerca. Tenía un pie encima de la balsa y, apoyando una mano en la rodilla, sonreía como si fuera un cazador victorioso y la balsa fuera su presa. Seguir leyendo

Ómnibus

Cuando ya está a diez metros respiras aliviado. Los asientos vacíos te devuelven el alma al cuerpo. Podrás descansar en el trayecto que te lleva a la ciudad, caer en la somnolencia de los ómnibus que tanto te entristece. Eres el primero en la cola, el primero en pagar mientras adviertes cierta mirada en el conductor. Estás turbado, mas no es el momento. Detrás de ti, como fieras, se deshacen por alcanzar los sucios pedazos de plástico. Le pides permiso a un señor con cara de vendedor bohemio, para sentarte al Featured imagelado de la ventanilla. Delante, un muchacho bien vestido resiste la perorata de un negro borracho, que, ahora lo adviertes, tiene el cráneo hundido en el mismo centro, donde una asquerosa cicatriz lucha aún por cerrar. Eso te impresiona; sigues los torpes movimientos de la cabeza que semeja una boya golpeada, y quedas atónito al ver cómo aquel hoyo se remueve al compás de sus agitadas respiraciones. Sientes miedo de que se voltee y te sorprenda mirando su mollera como un estudiante de neurología, retiras los ojos y piensas cómo pudo sucederle algo así: un accidente quizás, un golpazo en una riña, un tropezón desde sus propios pies. Pegas el rostro al cristal, cierras los ojos y te duermes ligeramente cuando ya el ómnibus comienza a tomar velocidad. Seguir leyendo