¿Por qué no emigro?

La mayoría de los amigos que tengo dentro de esta isla se devanan pensando cómo largarse hacia otras tierras, cómo cruzar los mares e instalarse —lo mismo les da— en Miami o en Kuala-Lumpur. Entre ellos me siento raro cuando el tema deriva hacia cartas de invitación, contratos de trabajo, o algún posible romance que pueda derivar en casamiento, visa y pasaje de avión. Algunos lo han logrado y ahora residen por Las Vegas, Montevideo o Riobamba. Otros solo han escalado hasta la capital y esperan ansiosos la posibilidad de darse el ansiado brinco.

Siempre he dicho “aquí pertenezco y aquí quiero que me entierren”. Lo decía sin haber pisado otras latitudes, y luego de estar en Lima, de desandarla durante una larga semana, se afianzaron en mí las palabras antes escritas. Cuando volví a Cuba escuché constantemente una pregunta: Seguir leyendo

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El miedo

El tren estaba repleto. Yo rodaba con mi hijo hacia Ciego de Ávila, y como casi siempre ocurre cuando viajamos juntos, él iba entretenido en el paisaje y yo leyendo. Caía la tarde. Un señor pregonaba ciruelas mientras esquivaba a los viajeros para poder desplazarse por el vagón con su mercancía.

Luego de diez minutos de recorrido se armó un alboroto: un niño acababa de lanzar la semilla de una ciruela y esta había impactado en un joven que enfurecido se levantó buscando al culpable. Pensé que no sucedería nada, pues el muchacho, al ver que el golpe era resultado de una chiquillada, terminaría riendo, o haciendo caso omiso, o cuando más regañándolo. Estaba yo muy lejos de imaginar lo que se acercaba Seguir leyendo

Envidia de ser madre

Me había sentado unos minutos en uno de los bancos del bulevar. A mi lado conversaban dos mujeres. Una embarazada, la otra estaba siguiendo con sus ojos a una pequeñuela que no dejaba de corretear. Supuse acertadamente que era su hija. Hablaban de asuntos maternales. Agucé el oído. Pensé erróneamente que la ya madre le daba lecciones a la futura mamá, pero no, ya ella iba para su segundo vástago y tenía sobrados conocimientos del tema. Le contaba a la otra de su varón, según decía era tan inquieto como la niña que ahora se alejaba demasiado y hacía desesperar a todos.

La niña se acercó y siguieron la charla, yo escuchaba a ratos consciente, a ratos inconscientemente, el hecho es que la conversación no se me escapaba. En un instante la madre de la pequeña le hizo a la embarazada una pregunta clásica: Seguir leyendo

Ser padre

Lo supe en marzo de 2006. Sería padre. En siete meses tendría a mi lado a una criatura como resultado del amor, constructo de mi existencia y la de esa mujer fabulosa con la cual comenzaba a compartir mi vida. En mi cabeza no habitaba la más remota idea de lo que aquello podía significar, y mi mente, para hablar en plata, se disparó de preocupaciones y miedos. Terribles contradicciones se devanaban dentro de mí con la velocidad y la furia de un relámpago.

Sí, una tormenta; en eso debió convertirse mi masa encefálica cuando el doctor nos comunicó de las cinco semanas de embarazo. Seguir leyendo

Odio sobre ruedas

Sin él no sé qué sería de mí. Casi puedo decir que mi vida depende de su presencia, de que no se retrase, sino de que llegue puntual a la cita, como un muchacho enamorado que espera ansioso por el motivo de su fortuna. Pero no, él se hace esperar la mayoría de las veces; mas no importa, ya lo dije, mi vida depende de él, no me queda otro remedio que esperarlo, aunque sin ansia, más bien con hastío y pesadumbre, porque lo odio, esa es la pura verdad.

Muchas veces en la mañana me sirve también de despertador; a las seis escucho su pitido cuando va hacia Júcaro. Ahí comienza mi día. El desayuno de mi hijo, y el mío, por supuesto, el aseo y el acicalado de ambos, y luego la salida entumecida: mi hijo para la escuela —queriendo desde ya regresar—, y yo hacia el trabajo con alguna que otra motivación indescriptible.

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Hablo de mi municipio

Se es joven y se sabe que ese es el único tesoro que se tiene. A mis casi 29 años puedo decir que llevo más de media vida dedicado a los recovecos de las letras, abarrotado de lecturas caóticas y escrituras que se esfuerzan en cubrir la página. Mis libros pudieran hablar por mí, pero a veces uno termina mostrándose u ocultándose demasiado a la hora de trashumar la existencia en palabras.

Vivo en un municipio que lleva el nombre de un país, Venezuela. Un municipio al sur de una provincia que recién cumple los 40 años —o sea que aún es tierna; no lozana, pero sí joven—, Ciego de Ávila. Antes era el Camagüey. Y el municipio era Seguir leyendo