Lectura y desnudez

Siempre he sentido que detrás del placer de los libros —acariciar y mirar con detenimiento una cubierta, hojearlo y a la vez permitir que las hojas recorran lentamente el pulgar, olerlo, sopesarlo, y por supuesto leerlo— late un poderoso deseo sexual. Hay libros que me excitan profundamente. Libros que apenas los descubro cerca de mi vista, o de mi roce, ya comienzan a provocarme. Algunos lo logran incluso antes de ser leídos; otros ganan este don cuando ya han sido desandados de un extremo a otro, cuando ya se les ha desvestido.

No imagino como sería sobrellevar una vida sin libros. De pequeño estuve siempre tentado por esa presencia callada del libro en el estante. Visitar la librería me revelaba un extraño placer, un misterio que por mucho tiempo no logré descifrar. Solo lo comprendí cuando me consideré incapacitado para no comenzar a leer un libro después de terminado otro. Luego sobrevino un tiempo en el que el libro que pensaba leer no me dejaba disfrutar tranquilamente el que estaba en mis manos. Y ahora me ocurre que leo siete u ocho libros a la vez, que tomo uno y suelto otro indistintamente; o sea, que mis lecturas se han convertido en un andar y desandar por todos los caminos y ninguno.

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Soledades

Me gusta contemplar la vida
a través de las ventanas:
los autos que se mueven presurosos,
los merolicos con su manto de voces.

Cuando viajo siempre me siento
a la ventana del ómnibus,
así mi mirada se desplaza por el paisaje;
contemplo vacas, nubes, techos,
postes que se repiten insaciables.

La placidez está en mirar las cosas
sin el afán de poseerlas.

También mi sobrevivencia es una ventana.
Desde ese tragaluz
he visto sucederse montones de fracasos,
he visto un ave morir
y he pensado que la misma suerte me aguarda.
También he besado a una muchacha temblorosa
y me ilusioné en otros besos que no tuve.

La nada puede ser una ventana ciega.

Vasili Grossman o la libertad de la novela

Transcurre el año 1942. Mijaíl Sídorovich Mostovskói, un bolchevique de la vieja hornada, se encuentra detenido en un campo de concentración alemán. El mayor Liss, al frente del campo, comprende que este no es un reo común. El trato no es diferente, Mostovskói sufre las mismas vejaciones e inclemencias que el resto de los prisioneros; solo la cercanía del mayor hace desigual el encierro del comunista. Liss sabe que puede aprender mucho del anciano, el cual entiende la estratagema y por ello recurre al silencio cada vez que es interpelado. Una noche despiertan al viejo soviet y lo trasladan hasta la oficina del joven nazi. Este insiste en hacer hablar al anciano, por ello perora constantemente para ver si lo hace salir de su mutismo. “Liss comenzó a hablar deprisa, animadamente, como si ya hubiera charlado antes con Mostovskói y ahora se alegrara de tener la oportunidad de concluir la conversación interrumpida.” El viejo continúa impasible, pero las palabras del alemán le hacen mella, por algunos instantes hasta le resultan dolorosas, opresivas:

— Cuando nos miramos el uno al otro — le dice Liss — , no sólo vemos un rostro que odiamos, contemplamos un espejo. Ésa es la tragedia de nuestra época. ¿Acaso no se reconocen a ustedes mismos, su voluntad, en nosotros? ¿Acaso para ustedes el mundo no es su voluntad? ¿Hay algo que pueda hacerles titubear o detenerse? Seguir leyendo

La crisis del civismo

Debo comenzar diciendo que me alarma la cantidad de cubanos que no se encuentran inmiscuidos en los aconteceres sociales, políticos y económicos del país; así como el desconocimiento total o parcial de nuestras leyes. La apatía y el descreimiento hacia las instituciones de representación ciudadana es ya algo común en amplios sectores de la población y me atrevo a decir que va en aumento. Cada día son más los entumecidos, los abúlicos, los que trascurren ajenos a las cuestiones educativas o de responsabilidad con la sociedad y el medio ambiente, los que no parecen “ciudadanos”.

Y he aquí la palabra sobre la que valdría detenernos. Ser ciudadano no es nacer, desarrollarse y morir. Ser ciudadano implica un implicarse, un participar continuo en las transformaciones del país. Un acatamiento de deberes y derechos sobre los cuales Seguir leyendo

Sobre el proyecto constitucional y su artículo tercero

La Historia la escriben los vencedores y, por ende, también redactan las leyes que rigen el bienestar o las inclemencias de un pueblo. Un gobierno, sobre todas las cosas, es sus leyes y la implementación de las mismas. Las leyes son palabras, su implementación son actos. Un gobierno es un conjunto de personas que se deben a un pueblo, y nunca debería invertirse este orden.

Cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Los cubanos hemos olvidado nuestra Historia y ese pecado se paga bien caro. A un pueblo sumiso le corresponde un gobierno hostil, así como a un pueblo independiente, un gobierno favorable. Un pueblo abúlico terminará viéndose las caras con un régimen corrupto, al igual que un pueblo activo generará un régimen menos vil, pues decir gobierno honrado es crear un oxímoron. Seguir leyendo