Eduar Encina en la búsqueda de sí mismo

Desde el título se delata la referencia bíblica: Lecturas de Patmos (Ediciones Oriente, 2011). Patmos es una pequeña isla griega en el Mar Egeo. En ella se hallaba desterrado Juan a causa de la palabra, y en una de sus grutas recibió la revelación de Jesucristo—dada por Dios— sobre las cosas que debían ocurrir pronto. Así nació la escritura del Apocalipsis, último libro del nuevo testamento.

Y con esta noticia comienza este libro del poeta santiaguero Eduar Encina (1973-2017). Él también ha sido desterrado a causa de la palabra y anda en pos de un descubrimiento. A Patmos va el poeta, o mejor: regresa, porque todo viaje es un reencuentro con lo que hay de nosotros en cada espacio del universo. Va en busca de la verdad. Esa verdad que solo puede ser la poesía. La verdad que revele el sentido Seguir leyendo

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¿Por qué no emigro?

La mayoría de los amigos que tengo dentro de esta isla se devanan pensando cómo largarse hacia otras tierras, cómo cruzar los mares e instalarse —lo mismo les da— en Miami o en Kuala-Lumpur. Entre ellos me siento raro cuando el tema deriva hacia cartas de invitación, contratos de trabajo, o algún posible romance que pueda derivar en casamiento, visa y pasaje de avión. Algunos lo han logrado y ahora residen por Las Vegas, Montevideo o Riobamba. Otros solo han escalado hasta la capital y esperan ansiosos la posibilidad de darse el ansiado brinco.

Siempre he dicho “aquí pertenezco y aquí quiero que me entierren”. Lo decía sin haber pisado otras latitudes, y luego de estar en Lima, de desandarla durante una larga semana, se afianzaron en mí las palabras antes escritas. Cuando volví a Cuba escuché constantemente una pregunta: Seguir leyendo

Poema a tus manos

Todo soy aunque muera sin ser nada,manos vertical
y soy nada aunque muera siendo todo.
Solo voy, desafiando la alborada
de tus manos que son como un recodo.

Tengo culpas aún con tu mirada,
con tus labios dolientes, con tus codos.
Quiero nacer de nuevo en la quebrada
de tus piernas; buscar constante el modo

de ser parte de ti, ser en ti todo;
de fundirme en tus manos tan ansiadas,
en tus uñas a veces despiadadas,

en tus besos que sanan como el yodo.
Porque al tenerte no me importa el todo
ni la ultrajante y manifiesta nada.

Philip Roth o el vigor de la escritura

Tras la lectura de La mancha humana, de Philip Roth, he experimentado cierta vaga sensación de vacío. La novela me ha dejado ansias de leer infinitamente, pero le ha quitado el sabor al resto de los libros que me rodean; por otra parte las ganas de escribir están soterradas, asustadas, atónitas. Sé muy qué me ocurre y qué debo hacer. He quedado noqueado por un exceso de agudeza y gracia; sencillamente debo dejar que pasen unos días para desintoxicarme de genialidad.

Es difícil definir qué es una novela, como difícil o imposible resulta decir qué es la vida. No obstante la vida es fácilmente imaginable sin los humanos, mientras que una novela sería impensable sin nuestra presencia en ella. O sea, que una novela no es más que una representación de nosotros mismos. Seguir leyendo

El miedo

El tren estaba repleto. Yo rodaba con mi hijo hacia Ciego de Ávila, y como casi siempre ocurre cuando viajamos juntos, él iba entretenido en el paisaje y yo leyendo. Caía la tarde. Un señor pregonaba ciruelas mientras esquivaba a los viajeros para poder desplazarse por el vagón con su mercancía.

Luego de diez minutos de recorrido se armó un alboroto: un niño acababa de lanzar la semilla de una ciruela y esta había impactado en un joven que enfurecido se levantó buscando al culpable. Pensé que no sucedería nada, pues el muchacho, al ver que el golpe era resultado de una chiquillada, terminaría riendo, o haciendo caso omiso, o cuando más regañándolo. Estaba yo muy lejos de imaginar lo que se acercaba Seguir leyendo

No estoy cansado del cansado amor

Se ama solamente
aquello que envejece.
Luis García Montero

Tengo la ciega costumbre de amarte,1952 - Sequoia sunshine - Harold L. Van Pelt
de invocarte cien veces a mi lado.
Hay un río de luz a tu costado
donde muero de sed, sin olvidarte.

He buscado por siempre en cada parte
sin rendirme jamás. No estoy cansado
de procurarte mía. He pernoctado
en las horas innobles de la tarde.

Tu amor es la amplitud de mi tormento,
ese mal indolente que no llega;
tu amor es la verdad que me trasiega
y me deja inmolado sobre el viento.

Te quiero aunque no tenga amaneceres
la humilde tempestad de mis placeres.

Irma, el pretexto de un fracaso

Finalmente las casas de mi barrio sobrevivieron a las lluvias y los vientos de Irma. Todo presagiaba lo contrario, pero esos hogares centenarios, que preví demolidos por la naturaleza, aún están en pie. Por ello respiré tranquilo la mañana en la que, alejado el huracán, decidí caminar las calles de mi escueto día a día. Más aliviado imaginé a sus habitantes, pues trato de colocarme en la piel de alguien que de súbito amanece sin techo y no logro calcular la hondura de la pena.

En un país en el cual el problema de la vivienda —entre tantos otros— es el que más duele y aqueja, es sardónico ver tantas casas derruidas. El gobierno promete asistir a los damnificados, pero ocurre que 50 casas devastadas no equivalen a 50 familias sin techo, sino a muchas más. En nuestros hogares es común hallar a tres o más generaciones viviendo o al menos intentándolo. Seguir leyendo